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Miguel es una excepción en ese 86% de padres que abandonan a su familia después de saber que tiene une hije, hija o hijo trans.

Fuente (editada): PlayGround | Cristina Salmerón | 17 diciembre 2019

En América Latina la discriminación ha hecho que la expectativa de vida promedio para una persona trans sea de 35 años; aun contra esa cifra cada vez más conocida, solo el 14% de los padres decide quedarse con su esposa (si es el caso) y apoyar a sus hijas, hijes o hijos trans. “El machismo les gana”, explica Miguel, cofundador de la red de apoyo TRANSInfancia.

A Miguel, el activismo por los derechos de las infancias trans le llegó con su propia experiencia. Él y su esposa habían notado que su hija menor tenía actitudes estereotipadamente femeninas, en algún momento creyeron tener un hijo gay, pero no fue así.

“Supimos que teníamos una hija trans porque ella nos lo dijo, así de fácil. Sofi (nombre ficticio) le contó a su hermana mayor que se sentía como una niña, luego le dijo a su mamá, y mi esposa me lo dijo a mí, aunque mi hija no quería que yo supiera”.

La pareja había notado en Sofi comportamientos distintos a los esperados a su género asignado al nacer, a los patrones. Le gustaba más jugar con niñas que con niños, prefería jugar con muñecas, anhelaba un vestido y unos zapatos con tacón.

Como cualquiera persona que se preocupa cuando a une de sus hijes les duele la cabeza o tienen un resfriado, Miguel y Fede decidieron buscar información. En internet encontraron sólo casos de España y Argentina, en México poco se hablaba del tema.

“Necesitábamos une especialista que nos explicara por lo que pasaba nuestra hija, pues jugar con muñecas y querer un vestido no significaba que fuera trans, podía ser sólo una etapa, pero queríamos tener certeza. Al final, la tuvimos, pudimos comprobar que teníamos una hija trans, lo aceptamos y comenzamos a apoyarla”, recuerda Miguel. Es la familia quien necesita une especialista que les confirme lo que solo la propia persona puede saber, a pesar de que en muchas ocasiones les especialistas lo único que hacen es verter sus propios prejuicios.

Ilustración: TRANSInfancia

Ilustración: TRANSInfancia

Una de las luchas que tienen actualmente les progenitores de hijes trans en países de América Latina es que el tránsito para menores de edad sea un trámite menos costoso, prolongado, engorroso y traumático.

En el congreso de Ciudad de México, por ejemplo, la iniciativa de Ley de Identidad para las infancias trans se discutirá en febrero.

Mónica Flores, activista chilena por las infancias trans, explicó a la BBC la urgencia de que les infantes puedan cambiar su nombre y género en el acta de nacimiento, pues apresurar el trámite les evitaría sufrimiento y discriminación. “Muches niñes trans no llegan a los 14 años, se suicidan, o llegan ya con mucho daño en su salud mental“.

Mientras estes progenitores hacen presión en las autoridades, lo que corresponde hacer a la par es acompañar a sus hijes. “Apoyar a les hijes para que sean felices es un acto de amor. Al ver el panorama en el que vivimos, de agresiones a personas homosexuales y trans, fue claro: si nosotres no la apoyábamos, entonces quién”, reconoce Miguel.

De acuerdo con cifras dadas en el Foro Infancias Trans, organizado por la Comisión Nacional de Derechos Humanos en Ciudad de México, sólo el 14% de los padres permanecen con su familia cuando hay une hije trans. Pero, ¿qué lleva al 86% de los padres a dejar su familia cuando une de sus hijes expresa su transexualidad? “El machismo”, responde Miguel sin dudarlo.

“Cuando yo era niño, en mi casa jamás se escuchó hablar de forma despectiva sobre las personas homosexuales; crecer en un ambiente así, influye”, comenta a PlayGround.

“Esta cifra no es solo reflejo del machismo que vivimos en México, es tal vez algo más profundo. A los hombres jamás nos enseñan a manejar nuestros sentimientos, a nosotros nos educan distinto, hasta con las bromas como cuando el papá sale de casa y le dice al niño de 4 años, ‘ahí te encargo a tu mamá’; esto no pasa a la inversa, si quien tiene 4 años es niña”.

Ilustración: TRANSInfancia

Ilustración: TRANSInfancia

Ese machismo del que habla está latente en conversaciones con amistades y familiares: “A mi esposa la cuestionan por haber ‘aceptado’ a nuestra niña trans y le dicen ‘¿y Miguel qué piensa?’, ¡pues qué voy a pensar, si esto no es una decisión que tomó de un día a otro! Es una realidad, es lo que es y punto”.

Por medio de TRANSInfancia, este matrimonio ha conocido a familias con niñes trans, y en la mayoría de los casos, los padres no suelen estar de acuerdo con apoyar la situación y abandonan el hogar. Este problema rebasa la convivencia familiar y llega al plano legal, pues para llevar un proceso de tránsito social, la judicatura pide la aprobación de les dos progenitores. “Si el camino en los juzgados de por sí es difícil, sin uno de los dos que apoye, lo es aún más”, agrega Miguel.

La masculinidad tóxica entre los hombres cis es una de las principales trabas para reconocer y acompañar las infancias trans. “Como hombre uno puede apoyar a su hije y a su pareja, pero cuando llegas con tus amigos y les dices que eres un papá trans, te van a bullear, entre hombres pasa eso. Ya depende de uno si da pie a esas burlas, pero de entrada, ninguno te va a decir ‘¿ah sí, cuéntame cómo es eso, cómo te sientes?’ Eso no pasa”, se sincera Miguel.

Como papá trans, es difícil hacer esa confesión a los amigos.

“A los papás con hijes trans me encantaría decirles: por elles, ten huevos, pero no es el modo, queremos sumar y dar esperanza, no agredir. Desde ese punto de vista, haría lo que hago con los padres como yo: dejar que se expresen. Nosotros así funcionamos, en grupos de puros hombres, y es ahí cuando se descosen, se les traba la quijada, lloran, les cuesta trabajo aceptarlo —porque nadie les enseñó cómo hacerlo, nadie los sensibilizó—, pero ahí están. Es un tema del que no pueden hablar con sus amigos, porque no lo entienden. Conmigo, o con otros hombres que han pasado por lo mismo, tienen esa confianza de hablar, y eso es que se necesita, dejarlos que se expresen”.

Ilustración: TRANSInfancia

Ilustración: TRANSInfancia

A Miguel le tocó dejar de lado a esos amigos, a la masculinidad tóxica y los prejuicios de gente cercana. Ante la certeza de tener una niña trans, lo primero que hizo junto con su esposa fue procurar que la autoestima de Sofi fuera lo suficientemente fuerte para que la discriminación no le dañara.

El primer paso fue comprarle la ropa que tanto quería usar. Al llegar a la tienda, Miguel tomó la mano de Sofi y entraron, ella de inmediato se soltó y caminó hacia la ropa de niño, su papá volvió a tomar su mano y le jaló hacia la ropa de niña. Sofi lo miró como diciéndole ¿es en serio?, el papá afirmó con la cabeza: “Claro, a ver, que me digan algo y va a arder Troya”. Con una gran sonrisa, comenzó a elegir vestidos, faldas y fue a probarse todo.

En el centro comercial, Miguel compró dos pares de aretes de imán y le dijo a su hija “vamos a usarlos”, ella lo miró extrañada, “los hombres también usan aretes, si tú no quieres, pues yo sí; y anduve todo el día con esos aretes hasta que ella se sintió segura de hacerlo también”.

Con su ropa nueva, había que dar más pasos para resguardar su autoestima. “Ahora vamos a dejarnos el pelo largo, a ver a quién le crece más rápido, le dije. Me lo dejé crecer como cuando adolescente. Cuando ya no pude más, le dije ‘me ganaste’. Era para demostrarle que no debe darnos vergüenza, hacerle notar que puede tener el pelo como quiera. En el amor de padre hacia sus hijes, lo único que uno quiere es que sean felices”.

Para el día de su cumpleaños, Sofi pidió una muñeca y fueron a comprar una. Al volver a casa, ya en el coche surgió uno de esos momentos mágicos de complicidad que hay entre padres e hijes: “Fue como eso que pasa después de haber hecho una travesura. Nos miramos. Ella estaba feliz, su sonrisa lo decía todo. En ese instante supe que estaba haciendo lo correcto”.

Ahora la hija de Miguel y Fede tiene 11 años, es una niña que disfruta del género con el que se siente identificada. Sus progenitores jamás se equivocan de pronombre, ya nadie habla de él sino de ella y esperan que la autoridad reconozca este derecho en su acta de nacimiento.