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Hay memes y eslóganes que proclaman que no tenemos miedo. Yo sí tengo. No es un miedo paralizante ni desmovilizador, pero preferiría no tenerlo. Ya no estoy segura de si aún formo parte de la sociedad, o del paisaje por lo menos.

Fuente (editada): ctxt CONTEXTO Y ACCIÓN | Alicia Ramos | 7/04/2021

Soy una mujer trans. Nunca lo cito porque no viene a cuento para nada. Yo tengo que escribir mi columnita y ya está. Da igual que sea daltónica o pelirroja, que tenga codo de tenista o que sea capaz de completar el cubo de Rubik, no hace al caso. Pero de repente adquiere un significado que antes no tenía.

Hice mi tránsito hace muchos años y la sociedad, mi barrio por lo menos, todavía no sabía muy bien cómo había que desenvolverse con el tema. Pero al final se impone el sentido común. Viene esta señora a comprar el pan, estamos aquí para vender pan, le vendemos el pan y le damos las vueltas y los buenos días. Porque somos una sociedad, o un barrio por lo menos, y la vida sigue. Porque entonces la gente tenía una vida, cada quien la suya. La señora de la panadería creía que había que votar a la derecha, porque la derecha es la que controla el dinero, y así el dinero volvería a fluir. Ganó la derecha. Quebró su panadería. Se divorció. Se fue del barrio. Enfrente nació un bar años después y lo llevaban dos chicas, pareja. Y ya todo era diferente, nadie se alegraba, ni se ofendía, ni se maravillaba, ni prestaba atención a la orientación sexual de aquellas dos chicas que llevaban aquel bar tan chulo en el que servían cerveza elaborada en el barrio. Y yo ya era parte del paisaje, claro.

Ahora que se intenta ensanchar por la derecha la ventana de Overton a base de artefactos incendiarios, todo es distinto de repente. Y el margen se estrecha: ante la incertidumbre se impone la uniformidad. Mientras tanto se cierran espacios de socialización vecinal porque vamos a poner un centro de salud, no, espera, se lo vamos a dar a esta colega nuestra que mola; y este solar lo vamos a desalojar también, aunque se seque ese hermoso huerto comunitario, porque vamos a poner… ¡un centro de salud!, lo del centro de salud siempre funciona. Parece que hubiera un plan para dificultar, o imposibilitar, la confianza entre las personas, como si se buscara una sociedad, un barrio al menos, donde la gente se tema y desconfíe, así no construyen proyectos autogestionados, que eso es comunismo.

Y ahora entran tres tipos porque sí en una frutería a atacar al matrimonio que la regenta y cuando los detienen se ratifican en el móvil racista de su acción, por si a alguien le quedaba alguna duda. Ahora vienen cuatro fascistas en persona, del mismo grupo que la que recordaba brazo en alto que el enemigo es la población judía, a amenazar a una formación política, y bueno, no es para tanto, es juventud disconforme. Y todas las mañanas amanecen mancillados (me gusta más que vandalizados, el pueblo vándalo no era tan mala gente) símbolos que hasta hace poco lo eran de la convivencia y poco a poco se van viendo cuestionados, con la ayuda impagable de medios entre cuyo accionariado se encuentran intereses a los que la convivencia les parte la tarde. Prefieren la supervivencia.

Y por eso les cuento esta tontería de que soy una mujer trans, porque en el novísimo reparto de dianas me ha tocado esta. Y después de tantos años yendo a todos lados a arrimar el hombro en la tarea ineludible de construir una sociedad mejor, un barrio por lo menos, ahora soy un elemento incómodo porque las personas nos tememos las unas a las otras y se debilita la confianza imprescindible para empezar a establecer alianzas y generar proyectos. Porque eso es comunismo, ahora.

Y frente a ese comunismo se restablece por fin la libertad, la libertad de hablar mal a todo el mundo, aparcar en doble fila, colarse en el súper, obligar a gente mayor a guardar horas de cola a la intemperie a decenas de kilómetros de sus hogares por una vacuna; reventar concentraciones pacíficas, pintarrajear las fachadas de las sedes que no nos gustan, quemarlas si eso, perseguir a personas menores no acompañadas, cantar el cara al sol, apalizar a la gente rarita y, a una mala, asaltar el Capitolio.

Hay fotos y memes y eslóganes y de todo con imágenes que inspiran sentimientos épicos y que proclaman que no tenemos miedo.

Bueno, yo sí tengo miedo. No es un miedo paralizante ni desmovilizador, pero preferiría no tenerlo, qué quieres que te diga. Ya no estoy segura de si aún formo parte de la sociedad, o del paisaje por lo menos.