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Solo hay un motivo por el que el partido socialista bloquea la llamada Ley Trans: la nostalgia de cuando el suyo sí era el partido de las mujeres.

Fuente (editada): ctxt CONTEXTO Y ACCIÓN | Francisco Pastor | 19/05/2021

Recordarán las elecciones europeas de 2014 porque fueron las primeras a las que se presentó Podemos. También, por los inesperados cinco escaños que en ellas obtuvo Pablo Iglesias. El PSOE perdió allí nueve diputades, les cuales no solo fueron hasta la formación morada. Izquierda Unida, que acudió con una lista propia a los comicios, obtuvo cuatro asientos más que en ocasiones anteriores. Y Primavera Europea, la puntual coalición de Compromís y Equo, logró llegar también a Bruselas. Les sonará que aquellos eran tiempos de fervor y expectación hacia la griega Syriza. Que no pocas voces en Europa reclamaban plantar cara a la troika y mostraban su antipatía hacia los mercados. Entonces habían pasado apenas tres años desde el 15M, y claro: por el tablero de juego de siempre empezaban a asomar demasiadas palabras que al PSOE le resultaban tan lejanas como temerarias.

¿Recuerdan quién fue la candidata del partido socialista en aquellas elecciones? Elena Valenciano, a quien se asociaba al movimiento feminista. ¿Y de qué trató su reclamo electoral? Sobre la defensa del aborto, lo cual habría estado estupendo si no fuera porque este se estaba poniendo en jaque en España, y desde luego no en Europa. Pero el PSOE lo tenía claro: los derechos civiles, y en especial los de las mujeres, componían la única baza que podían jugar en aquel momento. Solo así podrían conformar una alternativa a la derecha sin tener por qué mezclarse con esa gente rara que paraban desahucios y montaban asambleas en corro.

Desde luego, en Ferraz fue un alivio que meses más tarde Syriza no incluyera una sola mujer en su primer gobierno. El PSOE de Valenciano podía señalar al Mediterráneo y gritar entonces que sí, que la única izquierda comprometida con los derechos civiles era la suya, la institucional y moderada, la que había puesto alfombra roja a Felipe VI y hacía suyos, uno tras otro, los recortes de Europa. Ahora, el alivio duró poco. En 2015, Manuela Carmena y Ada Colau conseguían lo que, hasta la fecha, jamás había logrado el PSOE: llevar una mujer hasta las alcaldías de Madrid y Barcelona. Las manifestaciones del 8M –que durante décadas apenas habían reunido a unas miles de manifestantes bajo las siglas de los partidos y sindicatos tradicionales– se trasladaban en la capital desde la calle de Atocha hasta la Gran Vía, para así acoger a todas las mujeres que venían de los movimientos indignados y de las asambleas vecinales. Sumémosle a esto que, en enero de 2020, Pedro Sánchez decidió nombrar a Irene Montero, señalada en Podemos por ser la pareja de Pablo Iglesias, y mucho más joven que las feministas del PSOE, ministra de Igualdad. ¿Cómo podrían el partido socialista, después de todo esto, seguir siendo el partido de las mujeres? ¿Cómo defender la única plaza que les quedaba en la izquierda, después de haber claudicado en todas las demás?

Muy sencillo. Haciendo oposición a Irene Montero y a su ley estrella, que satisfaría décadas de reivindicaciones trans. Bloqueando, como han hecho esta semana, la norma en el Congreso. Dejando que hasta Ciudadanos o Junts les adelanten por la izquierda. Creando una falsa tensión entre un giro feminista que acaban de improvisar elles solites, aunque venga acompañado por voces muy añejas, y el de la mocedad esta de las pancartas, que no entiende nada y que está, como el PSOE dice, borrando a las mujeres. Y actuando como lo han hecho en tantas otras ocasiones: creando plataformas que se dicen ciudadanas, pero que no dejan de trabajar como satélites del partido socialista. Porque, ¿quién se encuentra al frente de la llamada Plataforma Contra el Borrado de las Mujeres, principal voz contra la Ley Trans? Ángeles Álvarez, otrora diputada y concejala del PSOE, y habitual en los equipos electorales de Elena Valenciano. Porque así eran los movimientos sociales asociados a la izquierda antes del 15M: nacidos de arriba, no de abajo, y sin otro propósito que el de ampliar el electorado de los partidos políticos.

Porque, en España, las llamadas TERF no existen: son el PSOE. Más allá de la citada plataforma, no hay en nuestro país ningún movimiento cívico, activista ni universitario que vea realmente, en la Ley Trans, algo enemigo. Desde luego, ninguno que parta de abajo, de la ciudadanía desinteresada y de las votaciones a mano alzada. Escuchamos algunas voces académicas, sí: las que llevan décadas bailando junto al partido socialista y que estaban acostumbradas a detentar, hasta ahora, el monopolio del feminismo de los Pirineos hacia abajo. Las que, como otras asociaciones de infantería siempre unidas al PSOE, pretenden infiltrarse en los medios de comunicación y en la sociedad civil, a favor de este, cada vez que toca. Quizá no lo recuerden, pero yo sí: son las mismas firmas que hicieron campaña contra Colau y Carmena, mientras aseguraban que el único feminismo podría llegar de mano de las candidaturas socialistas, aunque estas fueran de hombres.

No hay más. Si Unidas Podemos no existiera, esta ley la estaría presentando el PSOE. Pero, para seguir siendo el partido de las mujeres, el partido socialista tiene que marcar distancias con quienes, desde hace años y a todas luces, les están ganando la carrera. Las disquisiciones teóricas que estamos encontrando en las redes desde hace unos meses, y que apelan a la distinción entre sexo y género, vienen de aquí. Del sueño socialista de improvisar un feminismo nuevo, junto al que Montero y sus allegadas parezcan unas trileras engañosas, dispuestas a saltarse la cola con reclamos a los que cuesta oponerse. En esto tienen razón: es difícil estar en contra de los derechos humanos. Quizá por ello en Ferraz llevan meses buscando, de formas tan creativas como desesperadas, el reclamo que les devuelva el monopolio del feminismo. Verán cuando les toque hacer campaña contra Yolanda Díaz.