El programa, financiado por la Comunidad de Madrid, está dedicado a este colectivo, muy afectado por el paro

Fuente (editada): EL PAÍS | Miguel Ezquiaga Fernández | 5 FEB 2020

Tuvo que viajar miles de kilómetros para escuchar su nombre. Solo cruzadas las puertas de España, Alexia fue, por primera vez, Alexia. Y al oírlo en boca de otras personas, comenzó a sentir un poderoso aleteo en las entrañas. Emergiendo por fin la persona que siempre fue, desprendiéndose de toda la apariencia adoptada previamente para sobrevivir. En Madrid, tan lejos de Camerún, donde la transexualidad está tipificada como un delito penado con la cárcel, Alexia estrenaba la mayoría de edad y una nueva identidad: aquella que traía de muy dentro desde que era una niña y que nunca pudo reivindicar.

Romper con la más esencial de las convenciones sociales en algunas zonas de África tiene un precio: “Mi familia me ha repudiado, son musulmanes y su religión (como ocurre con la católica) prohíbe lo que yo he hecho. Pero es imposible luchar contra los sentimientos. Puedes enterrarlos mucho tiempo, pero siempre terminan aflorando de algún modo”, declara. Un año después de su partida, Alexia trabaja para una peluquería en el corazón de Malasaña, a tiempo parcial, pero de forma indefinida. Consiguió el empleo gracias a Ambar, el primer programa de inserción laboral dedicado a las personas trans, impulsado por la Fundación 26 de diciembre con financiación de la Comunidad de Madrid. El salón está forrado de espejos y luminosos. Un hilo de música electrónica parece marcar el ritmo en la zona de lavado. “¿Quiere un café o una infusión?”, pregunta Alexia a una clienta que espera a ser atendida.

El programa Ambar consiguió a Alexia Usen una entrevista en la peluquería de la calle Pez para la que ahora trabaja. MIGUEL EZQUIAGA

El programa Ambar consiguió a Alexia Usen una entrevista en la peluquería de la calle Pez para la que ahora trabaja. MIGUEL EZQUIAGA

Pedro Bogo, director de Ambar, pone en contacto a las personas demandantes de empleo con una serie de empresas afines al proyecto, que aseguran entornos laborales libres de discriminación. También proporcionan formación gratuita. Entre las firmas participantes está Pantene, que comercializa productos para el cuidado del cabello; Corta Cabeza, una cadena con seis peluquerías en la capital; Workshop Experience, una escuela de fotografía, y El Corte Inglés. En seis meses, la iniciativa ha empujado el itinerario profesional de 50 personas usuarias. Y se han firmado una treintena de contratos de diversa duración. Distintos recursos sociales de la región ya han comenzado a derivarles casos. “Calculamos que, en la Comunidad de Madrid, ocho de cada diez personas trans está en paro. Es una cifra brutal, que las condena a la marginación”, anota Bogo.

Este desempleo tan arraigado tiene un doble efecto, añade el pedagogo. Por un lado, aboca a las personas transexuales a la economía sumergida. Por otro, las invisibiliza, porque quedan expulsadas de la vida pública. Consecuencias que Bella Adriniegas, de 23 años, ha conocido de cerca. Inició su tránsito social en su Colombia natal y tuvo que pedir asilo en nuestro país hace un trienio. Aquel cambio la apartó del mercado laboral: “Puedes suavizar la voz en la entrevista, ir arreglada y bien vestida, pero el problema llega a la hora de entregar los papeles necesarios. Puede desconcertar mucho que figuren unos datos considerados masculinos. Y te acaban apartando del proceso de selección”.

“Cuando estás en pleno proceso de aceptación, es muy complicado proyectar una imagen de seguridad en ti misma. Te sientes insegura y vulnerable, dos emociones que es aconsejable no mostrar a la hora de buscar un trabajo”, cuenta Bella. Mediante Ambar, halló su primer empleo aquí. Fue como asesora de imagen durante la campaña de Navidad. Tuvo que vender cosmética y manejar una caja. Se sintió desenvuelta y descubrió que le agrada atender al público. Hasta que no consiga la nacionalidad (o se apruebe finalmente la propuesta de ley presentada por el PSOE y Unidas Podemos), Bella no podrá cambiar el nombre de su Número de Identidad de Extranjero (NIE). Pero por una vez, esto no importó en la empresa que la acogía.

Algunas personas trans utilizan la vestimenta, el comportamiento y la gestualidad para vivir según se espera de su sexo, lo que se conoce como expresión de género. Otras, además, toman hormonas o incluso pueden someterse a una cirugía que transforme su cuerpo. En la región no existe un recuento oficial, pero las cifras del Programa Madrileño de Información y Atención LGTBI pueden servir de orientación: por allí pasaron el año pasado 3.000 personas trans. Además, una de cada cinco peticiones recogidas por dicha oficina tiene que ver con dudas sobre la asistencia sanitaria a este colectivo. La ley de identidad y género aprobada en la Asamblea de Madrid en 2016 reconoce que se trata de una parte de la ciudadanía socialmente vulnerable. Pero solo ahora comienzan a implementarse planes que garanticen su derecho al empleo, como el desarrollado por la Fundación 26 de diciembre.

“Vamos ganando en reconocimiento social”, asegura Susana Fernández, de 53 años. Ella vivió una época que vinculaba a conciencia transexualidad y hampa. Trabajó dos décadas en el sector financiero, donde por miedo al despido nunca pudo confesar que se era una mujer de los pies a la cabeza. La prejubilación y una enfermedad hicieron que se atreviera a revelar aquel secreto. Vació el armario entero y lo llenó de nuevo con vestidos y blusas. “Ambar me ha dado la posibilidad de reciclarme laboralmente, formándome en ámbitos desconocidos para mí. Quiero aprovechar este nuevo comienzo para quererme más y mejor”, declara. Su nueva etapa ha despertado, por sorpresa, comprensión entre sus familiares y amistades. Y ahora espera que los vendavales políticos no borren esa tolerancia del mapa de Madrid.