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Del activismo a la universidad o la política, crecen las voces que apuestan, pese a la oposición de la RAE, por el uso del morfema -e como forma de visibilizar las políticas de género en el español

Fuente (editada): El País | Ana Marcos y Mar Centenera | 22 DIC 2019

El morfema -e, enseña del género neutro entre una buena parte de las nuevas generaciones de hispanohablantes, suma enteros para convertirse en el nuevo quebradero de cabeza de las academias de la lengua. Alumnes, todes, chiques son algunas de las palabras que la juventud argentina y chilena, punta de lanza de esta propuesta lingüística, usan para relacionarse entre elles en busca, defienden, de la igualdad. Mientras, en España el debate sigue muy retrasado y aún nos centramos en tratar de aclarar si es necesario utilizar el masculino y el femenino para ser más inclusives o el masculino se mantendrá como neutro en pro de la economía del lenguaje. Las instituciones reflexionan. La sociedad actúa y traza otro camino en el uso de la lengua.

La -e cobró visibilidad durante las manifestaciones multitudinarias a favor de la legalización del aborto en 2018 en Argentina. Arrancó en las escuelas secundarias, el principal motor de esta reivindicación que fue rechazada por el Senado, y se extendió, impulsado por los movimientos feministas y a favor de la diversidad sexual, con una fuerza mayor a la que habían tenido anteriormente el asterisco, la x o la arroba. Les jóvenes e integrantes de la comunidad LGBTIQ+ son les principales abanderades de un cambio que gana terreno en las calles y en las aulas de Buenos Aires.

“Yo no lo uso, pero acepto que lo haga mi alumnado. Bastantes usan la -e cuando hablan, más que nada entre ellos, pero no tanto cuando escriben”, describe Sandra Díaz, maestra del último año de primaria en una escuela pública de la capital argentina. En el último día del curso escolar, Díaz posó junto a sus estudiantes, todes vestides con camisetas en las que está escrito Egresades. En las privadas suele ser menos habitual.

La mayoría de colegios no tiene una normativa al respecto y deja en manos del profesorado cómo actuar. Las universidades sí que se posicionan. Hasta ahora hay seis que aceptan como válidas “las expresiones del lenguaje inclusivas y no sexistas en las producciones escritas y orales”. El Consejo de la Magistratura argentina habilitó a los jueces escribir con el morfema y redactará un manual para el uso de lenguaje no sexista.

La RAE debate estos días —se prevé que la decisión final aún tarde en llegar— una petición de 2018 del Gobierno de Pedro Sánchez para adaptar la Constitución a un lenguaje más inclusivo con la introducción de términos como “trabajadores y trabajadoras”. El texto en discusión se basa en la denominada “doctrina Bosque”, un documento de 2012 del académico Ignacio Bosque. Ya entonces, la institución, tras analizar nueve guías de lenguaje no sexista, decidió que esas recomendaciones contravenían “no solo las normas de la RAE, sino también de varias gramáticas normativas”. Ese es el nivel aquí en España, que todavía no hemos conseguido algo que ya ha quedado obsoleto.

El morfema -e para el genérico, por el momento, no ha llegado a los plenos de debate de una institución con 46 sillones, solo ocho ocupados por mujeres. “Para analizar las decisiones y propuestas sobre este morfema en el plural genérico, habría que saber primero qué se pretende con ello. Si se trata de denunciar las desigualdades y el machismo, la campaña de comunicación me parece magnífica. Si se trata de modificar el idioma de una forma unilateral, desde arriba, desde el poder o las élites sociales, dudo que casi 600 millones de personas vayan a seguir esas directrices de un día para otro. Sería un proceso muy lento, que llevaría siglos”, opina el periodista Alex Grijelmo, autor de Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo (Taurus), como si hubiésemos tardado siglos en integrar en nuestro lenguaje diario la terminología tecnológica: chatear, guasapear, tuitear, selfle, etc.

Al margen de la Academia, el Congreso es la otra institución donde el lenguaje inclusivo más polémicas ha generado. Les diputades de Unidas Podemos fueron de les primeres en optar por el femenino plural o la doble fórmula en sus intervenciones parlamentarias. Según el protocolo de comunicación de la formación de Pablo Iglesias se deben usar términos que apelan a la colectividad —un ejemplo: alumnado o ciudadanía— que, en palabras de la diputada Sofía Castañón, son “impecables y respetan la economía del lenguaje”.

La dirigente y Eduardo Fernández Rubiño, senador de Más País y antiguo miembro de Podemos, son de les poques polítiques españoles que ya usan el morfema -e. En la presentación de la candidatura de Íñigo Errejón a la presidencia, Fernández Rubiño se dirigió a “todas, todos y todes”. “Lo hice por respeto a muches de mis compañeres que se identifican con el género neutro y pertenecen, como yo, al colectivo LGTBI”, explica. “De repente no vamos a usar la -e por sistema, por sistema estaría bien usar bien la lengua, y no hacer un vago y tradicional, es decir, patriarcal”, acompaña Castañón. “Cuando el machismo desaparezca y disfrutemos de la igualdad total entre varones, mujeres y personas no binarias, la lengua dejará de ser importante en estas cuestiones”, remata Grijelmo.

“El lenguaje inclusivo no es un lenguaje, sino el espejo de una posición sociopolítica”, responde la presidenta de la Academia Argentina de las Letras, Alicia Zorrilla. “Carece de fundamento lingüístico, está fuera del sistema gramatical”, remata. “La historia de las lenguas enseña (a quien la conozca un poco) que los cambios en el habla y en la escritura no se imponen desde las academias ni desde la dirección de un movimiento social, no importa cuán justas sean sus reivindicaciones”, escribió Beatriz Sarlo en octubre de 2018 en Babelia. “La militancia puede favorecer esos cambios, pero no puede imponerlos”, concluía. Pero la ciudadanía sí genera los cambios, que es algo que parece que se olvida con facilidad cuando se está arriba.

 

Los precedentes de “Hen” en Suecia y “They” en Estados Unidos

“¿A qué amigos vas a invitar a la fiesta de cumpleaños?”, le pregunta una abuela argentina a su nieto un par de semanas de que este cumpla nueve años. El niño enumera a siete varones y la abuela, extrañada, le pregunta si es que no vendrá ninguna niña a la celebración. “Sí. Obvio. Es que dijiste amigos y no amigues”, le responde. Esta escena real se repite cada vez más a menudo entre la clase media progresista de Buenos Aires y otras ciudades argentinas, mientras los sectores más conservadores rechazan ese tipo de cambios lingüísticos de forma abierta.

Antes de que la juventud argentina comenzara a usar la -e como neutro, la Academia sueca fue la primera en introducir este género en el diccionario oficial de la lengua en 2015Hen es el término en sueco con el que se identifican las personas no binarias (el equivalente en español sería elles).

El pronombre they, usado en singular como epiceno, ha empezado a extenderse con fuerza entre las personas anglosajonas que no se identifican con un género para definirse públicamente. Esta es precisamente la palabra del año escogida por el diccionario estadounidense Merriam Webster.

En 2019, las búsquedas de este término se incrementaron más de un 300% respecto a años anteriores, según datos del diccionario que incluyó la palabra el pasado mes de septiembre. “Su uso se ha extendido en publicaciones, en redes sociales y también entre las personas anglohablantes en su día a día”, explica la institución, “no hay duda de que se ha establecido en la lengua inglesa”.