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Fuente (editada): infoLibre | Ignacio Paredero | 05/07/2020

Lo estamos viendo recientemente. Mujeres que se identifican como feministas, reatrincherándose, retrocediendo, involucionando discursivamente hacia lo biológico, como la “verdadera” fuente de discriminación y lo que define ser mujer. Por supuesto, no hay acuerdo en qué aspecto de lo biológico define a la mujer, si los genitales, si poder quedarse embarazada, si menstruar, si los cromosomas, si haber sido educada como mujer tras haber sido asignada como mujer al nacer… No se concreta, porque es imposible: hay mujeres sin vulva, sin vagina u ovarios, las hay estériles, muchas no menstrúan, también las hay con cromosomas XY, o XXX u otras combinaciones y, por el contrario, hay hombres que menstrúan, los hay que se quedan embarazados, los hay con vagina u ovarios y los hay que han sido socializados como mujer pero siempre supieron que eran hombres.

El argumento biológico parece sencillo y razonable, hasta da para un eslogan de autobús: que no te engañen, las niñas tienen vagina, los niños tienen pene. Las mujeres tienen una biología, una diferencia, que determina su discriminación. Como se quedan embarazadas, como pueden dar de amamantar, como tienen la regla, como físicamente de media son más bajas y menos fuertes, por causa de eso se determina su lugar en el mundo, su discriminación. Sus diferencias biológicas explican y determinan su desigualdad y, por eso, quienes no han nacido con esa biología no sufren esa discriminación y, por supuesto, no son mujeres, aunque se sientan así y haya que tratarlas con compasión. Desafortunadamente, el argumento biológico es una trampa conservadora en toda regla. No por casualidad la derecha, y especialmente Hazte Oír y Vox, a quienes recientemente se han sumado Lidia Falcón y Carmen Calvo, defienden este argumento. No por casualidad Espinosa de los Monteros y, recientemente, Rocío Monasterio han felicitado al PSOE por ese argumentario infausto.

Si la discriminación y la opresión de la mujer dependen de su biología y no del género, que es una construcción social contingente, no necesaria ni obligatoria, en base al sexo percibido (ni siquiera al real, ojo), eso quiere decir que las discriminaciones al ser biológicas, son naturales, inevitables y, prácticamente, ha sido dios el que las ha determinado. Es ese marco, esa “diferencia biológica natural” de donde sale la teoría de la iglesia católica de la “complementariedad antropológica de los sexos”, por contraposición a la (maligna y corruptora) “ideología de género”. La iglesia católica, Vox y Hazte oír lo tienen claro: no es lo social lo que determina la discriminación de la mujer. Esta discriminación no existe, hay que entender que ella tiene un papel natural, determinado por su biología, en la reproducción, cuidado de la infancia y, claro, cuidado del hogar y aguantar la violencia de su (más fuerte biológicamente e inclinado naturalmente a la agresividad) marido. Si la sociedad es una expresión directa y necesaria, no cultural ni contingente, de lo biológico, de los sexos, las desigualdades son naturales e inevitables y el feminismo exige algo que la naturaleza, la biología, niega por nacimiento a las mujeres. Por tanto, las feministas solo hacen que generar desorden, tensión y beligerancia al cuestionar su sino natural pidiendo una igualdad o lucha contra la violencia de género, que perturba la diferencia natural y los papeles que la naturaleza (o sea, dios) les ha asignado.

Decir que “solo una mujer puede saber lo que es quedarse embarazada y cuidar a la prole. Y si te quedas embarazada, eres mujer” puede parecer una frase de Vox, pero, actualmente, hay mujeres que se identifican como feministas que las están esgrimiendo, tal cual o en versiones similares, para cuestionar el género como la categoría explicativa de la opresión y la desigualdad de la mujer y reducirlo al sexo biológico. Mientras dicen que “quieren abolir el género”, una consigna que no son capaces de concretar, niegan que el género sea la fuente de la opresión de la mujer, niegan que sea este el que determina quién es mujer en el mundo (y socialmente es así, guste o no). Y se hace todo esto por una maniobra a corto plazo, extremadamente táctica, para tratar de dejar fuera de su realidad a las mujeres trans, que son percibidas como invasoras que quieren “borrar” a las mujeres, en nombre de la satánica y luciferina teoría queer, en realidad un espantapájaros construido artificialmente.

Muy al contrario, decenas de teóricas feministas, empezando por Simone de Beauvoir, han señalado lo evidente: no es el sexo la causa de la discriminación, no es lo biológico, aunque existan diferencias e incluso desventajas biológicas medias en cuanto a altura o fuerza. Es lo social, es cómo se aborda todo eso, son los valores, los roles, las leyes, los comportamientos, todo lo social que se asocia a ese sexo percibido (ni siquiera objetivo) actualmente de forma opresiva para la mujer. La sociedad actual, el género, no solo no compensa las diferencias biológicas, convierte en problemas realidades biológicas naturales como el embarazo o la realidad trans, construye marcos ideológicos que discriminan a las mujeres o a cualquiera que lo parezca o que transgreda la norma dicotómica de género, el binarismo hombre/mujer o que transicione entre ellos. También construye roles e identidades y valores, profesiones, papeles, leyes, toda una maraña que determina un lugar desigual en el mundo para las mujeres y las personas LGTBIQ+, especialmente las trans. El género actual, todos los comportamientos sociales alrededor del sexo (corporalidad, orientación sexual, identidad sexual, prácticas sexuales, etc, etc) es claramente opresivo y discriminatorio, especialmente con las mujeres.

Y he dicho bien: el género actual. La asignación social actual, de nuestra cultura, un género que podría cambiar, flexibilizarse o incluso actuar deliberadamente para compensar o reducir las desigualdades finales, eliminando todas las desigualdades sociales puramente construidas y actuando de manera activa para favorecer la igualdad final, social, de todas las personas independientemente de su biología.

O dicho de otra forma, la estrategia básica del feminismo (y por cierto, de los movimientos negros contra el racismo) durante las últimas décadas, es cuestionar que la desigualdad no es biológica ni natural, es social. Y que cambiando la sociedad, o sea el género, se podía acabar con la discriminación que sufren las mujeres, LGBI y personas trans. Las personas conservadoras, en cambio, decían que no había tal desigualdad, que había una diferencia biológica y natural, que no existe el género, que es una “ideología de género”, sino solo el sexo (biológico) y todo lo que implica: que las mujeres son madres, cuidadoras, amas de casa y maltratadas por naturaleza, y les gays y trans, personas enfermas o pecadoras, anomalías.

Cuando leo a mujeres feministas esgrimir argumentos biológicos para definir su identidad como mujer y la fuente de su discriminación, me invade la angustia ante el terrorífico error estratégico (a medio y largo plazo) que están desarrollando por tratar de ganar una pírrica victoria táctica contra un falso enemigo, las mujeres trans. Del marco biológico, conservador, “natural” por definición, jamás saldrá la solución para una discriminación, opresión y desigualdad que son eminentemente sociales. Reforzar ese marco conservador biológico natural supone abandonar la búsqueda del cambio hacia la igualdad social.

Espero que las impulsoras de todo esto obtengan lo que desean. Espero que convertir gran parte del feminismo a un discurso conservador y enfrentar al feminismo y el movimiento LGTBIQA+ les haya merecido la pena.