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  • La Universitat de Barcelona (UB) incorpora una asignatura específica en Medicina sobre atención a las personas trans, una iniciativa pionera en el país
  • Natalia Aventín recuerda los déficits en la atención a menores, Silvia Hernández habla del miedo a la patologización y Judit Calero explica la importancia de los servicios especializados

Fuente (editada): infoLibre | Sabela Rodríguez Álvarez | 02/02/2021

Si el acceso a la sanidad es un derecho fundamental, las personas trans se preguntan la manera de hacerlo efectivo. La inmensa mayoría cree que el conocimiento de les profesionales sobre su realidad es bajo y cerca de la mitad anula o retrasa sus citas médicas para evitar sentir discriminación en la consulta. “Yo no me atrevo a ir a ginecología”, reconoce Silvia Hernández. Y Natalia Aventín recuerda al otro lado del teléfono cómo los primeros años de consulta con su niño fueron un amasijo de discusiones. La Universitat de Barcelona (UB) quiere paliar todas las lagunas en el acceso a la sanidad. La Facultad de Medicina ha puesto en marcha un proyecto pionero: una asignatura específica para la atención a personas trans. Una materia que abordará cuestiones como los modelos de atención en la salud, los aspectos psicológicos, el ámbito médico, la reproducción o la sexualidad, entre otros.

“Desde muy pequeñito, a Patrick le he intentado evitar toda la violencia, le he hecho de barrera”. Habla Natalia Aventín, madre de un niño trans que hoy alcanza ya la mayoría de edad. Cuando Natalia habla de violencia, se refiere también a aquella más sutil, si cabe invisibilizada, que se produce dentro de una consulta médica. La madre trataba de proteger a su hijo de esa violencia echando mano de la sala de espera: “Le sacaba de las consultas médicas cuando había que discutir”. Natalia guarda un recuerdo nítido de la primera vez que se generó un conflicto. Fue en Pediatría, cuando el crío tan sólo tenía cinco o seis años. Él y su madre llevaban más tiempo del habitual aguardando a ser atendides. “Resulta que estaban esperando a una niña y a mi hijo lo leían como niño, por eso no nos llamaban”. Cuando el facultativo comenzó la exploración “no entendía nada, se le veía en la cara, en cómo le hablaba”. El desconcierto del médico partía de detalles como el uso de calzoncillos por parte del niño. “Cuando termina, le pido a mi niño que espere fuera. Sale y el médico me dice que debería ir a psicología, rememora la también presidenta de Euforia Familias Trans-Aliadas.

Silvia Hernández todavía arrastra un recelo explícito a acudir al centro de salud. A sus 47 años no es capaz de pedir cita para ginecólogía. Silvia es trans y no se ha sometido aún a una operación quirúrgica, pero sí ha pasado por tratamientos hormonales. “Yo quiero que me revisen las mamas y no me atrevo. Tampoco me atrevo a ir a urología”, relata en conversación telefónica. La pregunta que se hace día sí y día también, a dónde ir, no tiene respuesta en el centro de salud. “Tiene que haber un seguimiento sobre la salud, pero hay una laguna” que hasta el momento no se ha resuelto. Con las consecuencias que acarrea: buena parte de las personas trans renuncian a su derecho a la salud.

Un estudio reciente muestra que el 75% de las personas encuestadas considera que les profesionales de la salud tienen un conocimiento bajo o muy bajo sobre su realidad. Casi el 50% de quienes participaron en el sondeo anula o retrasa sus citas médicas para evitar sentir discriminación en la consulta. Además, el 20% de las personas trans lo hacen por miedo a que se les llame por un nombre que no es el suyo, el 16% para evitar que se les falte al respeto y el 14% por temor a visibilizarse como personas trans.

Para Silvia, los pasos hacia una atención de calidad sólo serán posibles con una investigación sólida detrás. “Hay que pensar en los chequeos médicos, porque son completamente distintos, también en las patologías específicas” y en los problemas que las personas trans pueden tener que soportar como consecuencia de los tratamientos, en el caso de iniciarlos. En cuanto al trato, reconoce Silvia, es diverso. “Varía según el odio que te tengan, lanza. Por un lado, hay quien “no acepta o no entiende nuestro significado” y por otro lado hay quien “te trata como una persona valiente”. Para Silvia ni una cosa ni la otra es la respuesta adecuada.

Después de Pediatría, Natalia reconstruye los primeros pasos en Endocrinología. “El endocrino me trataba con prepotencia, decía que yo no entendía”. Una primera visita derivó, de nuevo, en Patrick anclado a la sala de espera y en Natalia asumiendo una nueva discusión en consulta. Pese a la crudeza de las primeras experiencias, no lo recuerda con rencor. Aquel endocrino más tarde “investigó, fue a hacer una formación y me dio las gracias”, relata la madre de Patrick. “Pero yo no tenía que haber vivido y dedicado mi tiempo como madre a esto”.

Patrick cogió el testigo y pronto aprendió a que una atención de calidad era también su derecho. A día de hoy, acude al ginecología para realizarse de manera periódica una ecografía externa. “No tiene ningún problema, ha ido desde muy pequeño porque empezó con la hormonación de pequeño”, prosigue su madre. Pero el “primer hándicap es la falta de conocimiento previo”. También ella se detiene en la ausencia total de una línea de investigación específica. “Hay una tendencia a decir que es necesario operar porque si no pueden producirse cánceres, pero no hay ni un solo estudio que lo confirme”. En el caso de las personas trans e intersex, recuerda, la tendencia ha sido la de abordar cirugías prematuras porque “dan por hecho que no se van a reproducir”. Otro sesgo más.

Servicios específicos

Judit Calero tiene 36 años y su experiencia le ha servido para conocer las dos caras de la moneda. Hace cerca de siete años, pasó por las mal llamadas ‘unidades de trastorno de identidad de género’, “en la mayoría de las comunidades la puerta de entrada a la salud de las personas trans. En esa unidad, en lugar de acompañamiento, asesoramiento y opciones, se encontró con “guardianes en la puerta que vigilaban quiénes pasaban y quiénes accedían a sus tratamientos”. Judit se topó de frente con “doctores que creían que el género se tiene que diagnosticar”. Y quien no encajaba en el sistema “rígido y estereotipado de qué es ser hombre y ser mujer”, se quedaba fuera. Fue su caso: “A mí me evaluaron psiquiátricamente y determinaron que no era trans”. Un chico al que le gustaba vestirse de chica, diagnosticaron.

La siguiente experiencia fue totalmente opuesta. La encontró en un servicio específico: Trànsit. “Allí se basaban en el consentimiento informado, el personal médico indica los tratamientos a los que se tiene opción y realiza un acompañamiento psicológico y psicosocial”. La experiencia traumática dejó paso a la salvación. Pero aquello dependió de la voluntad de Judit y de una búsqueda incesante de información. “Soy la persona que soy porque no me rendí”, presume.

Comunidades: de la teoría a la práctica

Aunque trece comunidades autónomas cuentan con leyes específicas, “en los centros de salud no se ha hecho difusión y formación, reprocha Natalia. “Al tener tanto desconocimiento y tan poco tiempo, piensan que las personas trans tienen un problema psicológico, así que derivan a salud mental”.

¿Qué dicen esas normas? La mayoría habla de formación y especialización. En Euskadi, la ley plantea una unidad de referencia en materia de transexualidad dentro del Servicio Vasco de Salud, integrada por personal de atención médica, enfermería, atención psicológica, psicoterapéutica y sexológica. “La unidad de referencia será la que defina el proceso a seguir por la persona transexual, conforme a sus circunstancias personales, a su estado de salud y a sus deseos de cambio en la manifestación biológica acorde con el sexo sentido como propio”, reza el texto. Imponiendo una sola opción para las personas trans, que además tutela y dirige el proceso que estas deben seguir.

En Cantabria, la consejería competente promoverá la “elaboración de un protocolo de atención integral para las personas trans, para mejorar la atención temprana”, así como la “calidad de la asistencia sanitaria que se presta”. El protocolo, señala la norma, “respetará los principios de libre autodeterminación de género, no discriminación y no segregación”. La ley catalana, por su parte, obliga a velar porque “la política sanitaria sea respetuosa hacia las personas LGTBI y no trate directa o indirectamente la condición de estas personas, especialmente transgénero e intersexuales, como una patología”.

Aunque la Universitat de Barcelona (UB) busca poner remedio a la situación, lo cierto es que el marco teórico dista de la práctica. Otro estudio destapa que seis de cada diez mujeres trans no han sido siempre tratadas como mujeres cuando realizaron su proceso de transición médica. De la encuesta se desprende que el tiempo medio de espera para la primera consulta en estas unidades es de cinco meses, a los que habría que sumar los meses que transcurren entre la primera visita y el inicio del tratamiento hormonal y los dos años posteriores de hormonación obligatoria que marca la legislación actual para que una persona trans pueda ver reflejada su identidad en su documentación oficial. Otra barrera en la puerta que continuamente expulsa a las personas trans del sistema sanitario.