Un anuncio de televisión contribuyó a visibilizar la asexualidad en 2016. Desde entonces, la primera asociación de asexuales en España lucha por ser integrada en el colectivo LGBT+ y para que la falta de atracción sexual sea reconocida como la cuarta orientación sexual.

Fuente (editada): Píkara magazine | Linda Gomes | 20/05/2020

“Prefiero comerme una tarta de chocolate a acostarme con alguien”. Así hablan algunas de las personas asexuales que integran la Asexual Community España (ACEs), fundada en 2016 por medio centenar de personas en Madrid.

Aquel año, un anuncio de una marca de colchones servía de altavoz a varias personas asexuales –“la cama también sirve para dormir”, decían–. Y su existencia comenzó poco a poco a adentrarse a la sociedad, hasta que una quedada en Madrid provocó que la comunidad se convirtiera en una asociación con demandas concretas. Entre ellas, la consideración de la asexualidad como la cuarta orientación sexual. Ahora, la pregunta es si el colectivo LGBTIQ+ tiene la intención de integrarla en su paraguas.

Una persona asexual puede desarrollar su actividad sexual de distintas formas, puede optar por no tener sexo, aunque acceda a su práctica por diversos motivos, o puede abordarlo cuando quiera tener descendencia o porque quiera satisfacer a otra persona.

«Imagina que te vendan los ojos y unas manos acarician tu cuerpo, te resulta placentero, te estás excitando. Ahora, imagina que te quitan la venda y quien te masajea no te atrae en absoluto. Estás sintiendo excitación con una persona que no te atrae sexualmente». Las palabras pertenecen a Martina González Veiga, psicóloga y sexóloga gallega especialista en asexualidad, defensora de considerar como una orientación afectivo-sexual más y docente invitada en el primer máster de Sexología en España que incluye la carencia de atracción en su programa: el máster en Sexología de la Universidad Camilo José Cela que, en 2018, celebró unas jornadas al respecto en Madrid. Lo que González cree es que «las personas asexuales no sufren alteración ninguna que les permita tener erecciones, tanto de pene como de clítoris, al igual que sucede con la lubricación, la eyaculación y el orgasmo, entre otras cosas».

Existen en 2020 casos de personas asexuales que permanecen aún en el armario. Así vive Loli, una mujer que acaba de cumplir 50 años, que no se ha acostado nunca con nadie y que mantiene su asexualidad en lo más oculto de su vida íntima. «A la familia aún no le he dicho nada, aunque sí es verdad que desde que conocí el tema en grupos de internet sentí más fuerzas para conocerme mejor. Ahora ya sé que no soy un bicho raro y que no me pasa nada; que somos muchas las personas que no tenemos atracción sexual, igual que hay personas hetero, gays, lesbianas…», explica.

Existe incomprensión social respecto a esta condición de carencia de atracción, y esto complica la asunción de la misma a quienes la viven. Otra persona asexual es Álex, al que le inquieta además que, por ser varón cis y atendiendo así a determinadas construcciones sociales, se le exija que tenga interés por el sexo. «Siendo hombre, muchos creen que tengo impotencia, y no es el caso, no tiene nada que ver», sostiene.

Como Loli y Alex, la cifra mundial que se conoce hasta el momento es la que recabó el psicólogo Anthony F. Bogaert, profesor en la Universidad de Brock (Canadá) y autor de los primeros estudios sobre asexualidad, que resolvieron que un uno por ciento de la población carece de deseo.

Ahora, una vez conseguida cierta visibilidad, la comunidad asexual reclama que su ausencia de atracción adquiera derechos y se constituya como opción. «Buscamos el reconocimiento de nuestra orientación sexual, lo consideramos urgente, tanto para seguir haciéndonos visibles como para favorecer nuestra integración en el colectivo de la diversidad», señala Adela, integrante y activista de la asociación ACEs.

Por el momento, los colectivos LGBTIQ+ del Estado español se mantienen al margen de la asexualidad. Es verificable que la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales de España (FELGBT), por ejemplo, tiene en su agrupación reúnidas 50 asociaciones de diversas índoles en ciudades de casi todas las comunidades autónomas, pero este tema, lo tiene fuera de su cobertura.

Ahonda en el asunto la activista Carol cuando afirma que «hay en ocasiones rechazo a la asexualidad por parte del colectivo, porque, aunque haya voluntad, hay falta de información y se confunden los términos». «Es una pena, pero estamos trabajando para que nos entiendan y vean que estamos todes en el mismo barco. Es algo que ACEs, como asociación, quizá tenga más fuerza o peso para conseguirlo, pero también se precisa de la voluntad de comprender de las personas LGTBIQ+ que ahora nos rechazan», expone.

Pone algo de claridad el psicólogo experto en asexualidad Paulo Victor Bezerra que ha lanzado el libro Asexualidad y subjetividades en el siglo XXI: «Lo que sucede con este conflicto es que, dentro del propio movimiento LGBTIQ+, existe una lucha por la aceptación entre sus miembres, pues algunes creen que las personas asexuales no ven violados sus derechos y que, por tanto, habría que mantener separados los movimientos».

 

 

Desde el colectivo LGBTIQ+ de Madrid, Aitor, que ha sido miembro voluntario del grupo de educación de Cogam, opina que la incomprensión se debe a que «ha habido una falta histórica de conocimiento al respecto». «Ser parte de un colectivo no te convierte inmediatamente en una persona experta en todas las realidades que lo componen», plantea.

«Ha sido necesario que las personas asexuales tuvieran la valentía de visibilizarse y la paciencia de educarnos y desmontar nuestros prejuicios para que las asociaciones también interioricemos este plano de diversidad», prosigue. Y se refiere también a la cultura que nos habita, aquella que mantiene de forma inamovible la idea de que todo el mundo tiene sexualidad, en una sociedad hipersexualizada, como lo son todas las occidentales en el siglo XXI, y donde el mandato sexual es casi imperativo. «Persiste la idea de que para ser feliz hay tener relaciones sexuales», reflexiona Bezerra.

Para la activista Carol, que tiene pareja desde hace tres años, ha sido muy complejo no ya declararse socialmente como asexual –ahora lo está haciendo– sino también contárselo a su familia y amistades más íntimas. «Las veces que he contado que soy asexual parece que sienten como pena por mi pareja o algo así, como si se estuviera perdiendo algo muy bueno, juzgando sin conocer los detalles de nuestra vida privada», explica.

Pero defiende que, en su relación sentimental, la comunicación brilla. “Ella sabe desde el principio que soy demisexual, una persona con atracción romántica pero no sexual, con la excepción de que, si establezco un fuerte vínculo emocional, y no siempre que lo establezco, surge la atracción sexual”.

Según los colectivos Aven y ACEs: «El término demisexual proviene de una identidad que se encuentra ‘a medio camino’ entre alosexual (no está en el espectro asexual) y asexual. Sin embargo, este término no significa que las personas demisexuales tengan una sexualidad incompleta o a la mitad, ni tampoco significa que la atracción sexual sin conexión emocional sea requerida para una completa sexualidad. En general, las personas demisexuales no se sienten sexualmente atraídas por un sexo u otro”.

Sin embargo, una persona asexual se puede conectar emocionalmente a alguien más (si los sentimientos son de amor romántico o amistad profunda), mientras que la persona demisexual que se conecta emocionalmente a alguien (si los sentimientos son de amor romántico o amistad profunda) experimenta una atracción sexual y un deseo, pero únicamente hacia su pareja.

De momento, esta atracción ha estado presente con Carol, pero su intensidad varía. “Hablamos mucho las cosas y dejamos claro el consentimiento, para que no haya malentendidos y no nos hagamos daño”. Y sus declaraciones encajan con las que ofrece la sexóloga Martina González Veiga cuando afirma que «es preciso explicar a la sociedad que no existe un perfil de persona asexual, al igual que no hay un perfil de persona gay, lesbiana o heterosexual. Dentro de la asexualidad, cada uno se resuelve de modo particular, porque somos seres biopsicosociales. En Estados Unidos, Canadá y otros países la entienden a la perfección. En España, tras unos años de debate parece que cada vez mejor», señala.

Qué piensa la Medicina

Existe un consenso entre las personas asexuales: demandar que los conceptos médicos y psicológicos que se emplean para hablar de asexualidad se actualicen. «En el colectivo hay personas que, durante años, han sido medicadas para intentar que se les despierte el deseo y sabemos que esos tratamientos no solucionan nada, porque no hay nada que solucionar, y que aumentan el rechazo hacia une misme y pueden generar otros problemas, sobre todo a nivel psicológico”, desvela Adela.

Lo explicaba bien el teórico británico Jeffrey Weeks cuando afirmaba que «el sexo ha sido enfatizado como un instinto» que expresa las necesidades fundamentales del cuerpo, persistiendo en la idea de que la biología está siempre en la raíz de la sexualidad. En estas investigaciones se refuerza la presunción de que la falta de atracción sexual es un problema, ya sea psicológico, hormonal o fisiológico. De forma que se insiste también en tratarlo y curar esa ausencia de atracción, y estos son, precisamente, los muros que las personas asexuales intentan que salten por los aires. Para reforzar estos postulados, existe una numerosa literatura médica que aborda la falta de atracción sexual como un disturbio, ya sea por causas psicológicas, hormonales o fisiológicas, concentrándose en su causa, tratamiento y curación, más muros que intentan saltar la comunidad asexual.

«Hay profesionales que desconocen el tema y lo patologizan. Por la salud de las personas asexuales, espero que pronto se actualicen. El deseo sexual no tiene por qué ir necesariamente vinculado a la atracción sexual, ni tampoco la excitación. El deseo también es una emoción. Y no sentir atracción por alguien, no sentir deseo o no sentir excitación, no tiene por qué ser algo ni negativo ni patológico. Lo realmente patológico es decirle a la gente lo que le tiene que gustar, cómo y cuándo, y obligarse a sentir satisfacción de esa manera», sostiene González Veiga.

¿Está empezando la era de la contrasexualidad?

La asexualidad era impensable en tiempos pretéritos. Y más si se recuerda la efervescencia sexual de los años 60 del siglo pasado. Podrían existir personas sin necesidades sexuales, pero sus demandas no estaban vehiculadas ni esas personas integradas, recuerda el experto Paulo Bezerra. La dificultad estriba aún en concienciar sobre la idea de que no tener interés por el sexo no implica enfermedad.

«Todes hemos crecido en una sociedad que nos ha presentado un esquema rígido en el que no teníamos cabida, ya fuera por nuestra identidad, nuestra expresión de género, nuestros modelos de relación o la intensidad de los mismos. Al deshacer este esquema estanco y abrirnos a la diversidad, la inclusión de la asexualidad es la única consecuencia, posible y lógica», culmina Aitor.