Tras su aprobación en el Congreso de los Diputados, se espera que la publicación en el BOE de la llamada Ley Trans sea cuestión de tiempo. Así ha vivido un día histórico una de las personas cuya realidad regula.

Fuente (editada): VANITY FAIR | Darío Gael Blanco | 24 DIC 2022

Hace unos meses, con motivo del comienzo del trámite parlamentario de un texto que dio sus primeros pasos allá por el 2017, publiqué una suerte de análisis político y legislativo que incluía valoraciones y experiencias personales, dada mi pertenencia a la comunidad trans, y aquello que consideré que podría aportar más allá del ruido mediático y de los debates sin nuestra presencia. Estas últimas semanas lamenté confirmar que algunas de mis predicciones eran ciertas: en efecto, se han perdido cosas en el camino durante la fase de enmiendas, cuyo plazo se ha ampliado en nada menos que seis ocasiones entre septiembre y noviembre de este año. La infatigable Noemí López-Trujillo explica aquí las enmiendas aceptadas y rechazadas de manera sencilla y con el suficiente detenimiento, pero trataré de resumir lo más posible: no se han aceptado las enmiendas que ampliaban y mejoraban la cobertura a menores y a migrantes ni las que proponían que las terapias de conversión se castigaran en el Código Penal con penas de prisión. Tampoco la que posibilitaría que las personas no binarias que así lo quisieran pudiesen omitir la mención relativa al sexo en sus documentos oficiales, así como una que potencialmente habría tenido un gran impacto material en muchas vidas trans: la de incluir aquellos “tratamientos necesarios relacionados con los procesos de transición” en la cartera de servicios comunes del Sistema Nacional de Salud. Sí sale adelante la eliminación de toda mención a la violencia intragénero, es decir, de aquella que sucede específicamente en el ámbito de una pareja formada por personas del mismo género, a propuesta del PSOE.

Así las cosas, se mantiene la vasta mayoría del texto tal y como se registraba en septiembre antes de abrirse el plazo de la fase de enmiendas. A pesar de que el texto no avale la autodeterminación de género en menores de 12 años, son ya tres los autos que este año han posibilitado el reconocimiento legal de su identidad sexual sin requerir de informes médicos. Un poco de luz en un océano de arbitrariedad que en no pocas ocasiones nos ha sido desfavorable hasta ahora. No todas las personas migrantes se han quedado fuera, pero para poder acceder al cambio de documentación habrán de acreditar (algo nada fácil) «la imposibilidad legal o de hecho de llevar a efecto la rectificación registral relativa al sexo y, en su caso, al nombre en su país de origen», y si bien ya no se exige la nacionalidad española, sí que tengan la residencia legal, lo que mantiene la extrema vulnerabilidad de quienes se encuentran en situación administrativa irregular. La votación en el Congreso de los Diputados del dictamen del Proyecto de Ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI se saldaba el 22 de diciembre de 2022 con su aprobación tras obtener 188 votos a favor, 150 en contra y 7 abstenciones (entre ellas, la de Carmen Calvo, una de sus principales detractoras).

Resultados de la votación. THOMAS COEX/GETTY IMAGES

Resultados de la votación. THOMAS COEX/GETTY IMAGES

Un día antes, la ministra Irene Montero pedía perdón por el repunte de transfobia dentro y fuera de la sede parlamentaria que ha precedido a este trámite que nos acerca a su entrada en vigor, a falta de su tramitación en el Senado, donde no se espera que haya sorpresas. También se disculpaba en su intervención por las carencias en la ley y aquellas realidades excluidas total o parcialmente del texto final: las personas no binarias, asexuales y las migrantes. Cabe mencionar que, además de beneficiar a todo el colectivo en el ámbito educativo y de las administraciones y poderes públicos, el texto amplía las garantías de otras personas pertenecientes al colectivo LGTBI+, sean trans o no, como en el caso de las mujeres bisexuales o lesbianas, cuyo acceso a técnicas reproductivas vuelve a ser una realidad.

Ese mismo día, la diputada, poeta y realizadora Sofía Castañón iniciaba su intervención poniendo de manifiesto una contradicción de manera cristalina: “¿Cómo podemos debatir la pertinencia o no de una ley que busca garantizar derechos sin aquellas personas que serán titulares de los mismos?”. En su larga lista de referentes trans y del resto de la comunidad LGTBIQA+, no solo invocaba y nombraba a quienes no estaban presentes, sino a quienes no podrían estarlo ni disfrutar de cualquier avance porque ya no están. Concluye citando un texto de la escritora trans Alana Portero titulado Peligrosidad terminal: “Considera este final un empujoncito para continuar peleando hasta bailar un día sobre las osamentas del mundo terminal del odio y la crueldad. Te espero con los zapatos de baile puestos”.

Celebración de la aprobación de la Ley Trans frente al Congreso tras el pleno. EUROPA PRESS NEWS/GETTY IMAGES

Celebración de la aprobación de la Ley Trans frente al Congreso tras el pleno. EUROPA PRESS NEWS/GETTY IMAGES

 

Un baile que ha tenido lugar unas horas después en el mismo sitio, a pesar de la frustración por aquello que queda pendiente y de las magulladuras y pérdidas padecidas en el trayecto. Tras su aprobación, aquellas personas que habían accedido a la tribuna del congreso y las que se quedaron a las puertas, gente que (no como yo) siempre está al pie del cañón en cada reunión, comité y manifestación, muchas de ellas pioneras y corresponsables de logros históricos como Carla AntonelliMar CambrolléMarina SáenzRaffaella CorralesBoti García Rodrigo, Aitzole AranetaMaribel TorregrosaLucas Platero o Niurka Larrarte (con su ya icónico vestido de la bandera trans) sonreían e intercambiaban abrazos entre sí y con integrantes del equipo del Ministerio de Igualdad, como Ángela Rodríguez Pam, que también han contribuido a hacerlo posible, pero son muches más quienes han estado allí presentes, haciendo de esta imagen una foto mucho más completa y representativa que la que se tomó al aprobarse la ley del 2007. El resto estamos en nuestras casas, en nuestro trabajo o donde podamos o tengamos que estar, pero sea cual sea la magnitud de nuestra alegría y de nuestra decepción, nuestro camino de rosas y espinas en común nos une en cierta manera a la escena y nos hace partícipes de ella. A todas ellas, y en especial a mis compas trans, nunca podré darles las gracias lo suficiente por todo lo que han hecho y por seguir adelante cuando a mí me habría podido la rabia y la decepción.

Por un capricho del destino, y en el contexto de un Reino Unido cada vez más hostil y cruento hacia las personas trans, el mismo día que sale adelante nuestra Ley Trans, el gobierno de Escocia aprueba la suya, una por la que su primera ministra Nicola Sturgeon llevaba seis años luchando. Lo hace tras un debate bronco y en un clima de protestas con momentos francamente disparatados por parte de algunas detractoras de la ley, que el primer ministro de Reino Unido Rishi Sunak amenaza con bloquear. Mientras tanto, en el continente europeo, a falta de la entrada en vigor de ambas, ya son ocho los países que legislan la autodeterminación de género, seis de los cuales forman parte de la Unión Europea: Dinamarca (2014), Irlanda (2015), Malta (2015), Bélgica (2017), Portugal (2018) y Luxemburgo (2019). Los otros dos son Noruega (2016) e Islandia (2019). Este avance es congruente con los deseos del Consejo de Europa, que en 2015 instó a “desarrollar procedimientos rápidos, transparentes y accesibles, basados en la autodeterminación, para cambiar tanto el nombre como el sexo registral de las personas trans en sus certificados de nacimientos, documentos de identidad, pasaportes, certificados académicos y otros documentos similares”.

Manifestación por una Ley trans sin recortes y para todes el pasado 12 de noviembre en Madrid. Las protestas reunieron a manifestantes en otras 16 ciudades. LUIS SOTO / SOPA IMAGES/SIPA USA / CORDON PRESS

Manifestación por una Ley trans sin recortes y para todes el pasado 12 de noviembre en Madrid. Las protestas reunieron a manifestantes en otras 16 ciudades. LUIS SOTO / SOPA IMAGES/SIPA USA / CORDON PRESS

 

Estos son algunos de los áridos hechos y circunstancias que forman parte del devenir agitado de esta ley, pero sin que sirva de precedente me gustaría hacerte partícipe de algunos hechos (mucho más personales, cotidianos y subjetivos, pero no por ello menos hechos), sin intención alguna de satisfacer morbos ni de caer en la pornografía emocional, sino de ofrecer algo de contexto tangible sobre quien escribe estas líneas.

Este 22 de diciembre de 2022 (fecha redonda, casi capicúa) me he despertado a las 5:45 tras dormir unas tres horas a trompicones, algo no muy infrecuente en mí, pero mucho más acusado en las últimas semanas. He desayunado con mi mujer, musitado algo sobre mis nervios y falta de optimismo por la votación de hoy, recibido un abrazo y encendido dos velitas en cuanto se ha marchado. Las he apagado antes de irme para no provocar un incendio con tres gatos por víctimas mortales en mi ausencia. He hecho tiempo viendo algo insustancial antes de ir al trabajo y he abierto la página web del Congreso que permite seguir el pleno en directo nada más sentarme en mi escritorio en la redacción. He terminado de traducir un artículo y traducido otro justo a tiempo de llegar a una reunión de Zoom y poder disfrutar de un breve ágape navideño con casi todes mis compañeres unas plantas más abajo. En una mano tengo un refresco y en la otra mi móvil con la página web del Congreso abierta y actualizada cada 5 minutos. Estoy rodeado de gente felicitándose la Navidad o hablando de la lotería, la mayoría con una cerveza o una copa de vino en la mano. Incluso he mantenido un par de conversaciones breves con gente a la que tenía ganas de ver, pero solo puedo pensar en qué votará el grupo socialista y cuáles serán las consecuencias. He recogido mi premio de la rifa (nada mal, algo que en pleno delirio interpreto como una buena señal) y lo he depositado en mi taquilla mirando de reojo la emisión en directo. Poco después, un compañero me convence para bajar a masticar un sándwich en la cafetería, único momento en el que espacio mis consultas a la página por no ser la peor de las compañías.

Tedioso, lo sé. Mi fuerte nunca ha sido el ritmo ni la acción, más aún cuando hablo de mí mismo. Subiendo las escaleras tras esa pausa, compruebo con cierto tembleque que el WiFi no me funciona en el móvil y al llegar abro el portátil tratando que no se me noten demasiado los nervios. Un fracaso, pues tras ver que ya ha tenido lugar la votación no consigo que se me cargue la grabación ni aún figura el resultado en la página, así que manifiesto mi impaciencia en voz alta, recibiendo una pequeña oleada de comprensión por parte de un par de compañeros que me escuchan. Recurro a Twitter, mi Radio Patio más eficiente para estas y otras cuestiones. Lo primero que veo es un tuit con una fotografía de la ministra de Igualdad, visiblemente emocionada, anunciando que la Ley Trans se había aprobado por 188 votos a favor. Lleva una bandera trans sobre los hombros a modo de manto y parece suponerle el mismo honor que lucir uno de armiño para más de una monarca. Cuento la noticia en voz alta, pero sin muchos aspavientos.

No quiero molestar. Siempre me parece que molesto cuando hablo del tema delante de personas a las que no les atraviesa directamente y no siempre es cosa mía. Las tres personas que me han escuchado han sido de lo más cariñosas. Yo no siento nada. Nada en particular. Por encima de todo, no quiero hacer el numerito. Soy el primero en embutirse en cualquier prenda o complemento que nos llegue a la redacción y en convertir una guirnalda navideña en fular y continuar trabajando de esa guisa para entretenimiento propio y ajeno, pero aquello para mí no tiene nada de personal, ni de íntimo. Esto sí. Y cuando algo lleva años quitándome el sueño y provocándome de manera más o menos indirecta algún que otro problema de salud (no te preocupes, me reservo el historial médico), no me sale la folclórica que llevo dentro, sino el niño retraído que fui y el adulto inaccesible e introvertido que sigo siendo en muchos momentos y espacios. Por eso, tras muchas dudas recurro a la única persona en el edificio a la que conozco y aprecio desde hace más de una década, bajo a decírselo y por un instante soy un muñeco de trapo entre sus brazos. Sigo en blanco. Me debato entre escribir o no una breve frase en el canal de toda la empresa en Slack para dar la noticia. De nuevo, no quiero ser un pesado. Decido hacerlo y obtengo algunos emojis por rapidísima respuesta. Ahora lo único que siento es que soy molesto, sí, pero quizá no para todo el mundo. Me levanto despacito y voy al baño siendo una torpe imagen del sigilo, tal y como aparece en los dibujos animados. Cierro la puerta con un empujón sordo. El nudo que empieza a deshacerse ocupa tanto espacio que la náusea y el mareo superan al par de tímidas lágrimas que hacen que me escuezan los ojos. Intento respirar profundamente y la cosa tarda un rato en funcionar. Los hombres somos minoría en redacción y mucha gente se ha marchado a comer en casa, así que nadie me molesta y no tengo que dar explicaciones en ese rato.

Hace días que tengo todas las notificaciones silenciadas y no respondo a ningún mensaje, algo que ya ha provocado un pequeño cisma familiar agravado por la cercanía de la Nochebuena. Abro WhatsApp entrecerrando los ojos como para aminorar el impacto de un proyectil invisible y me encuentro con una pequeña bronca acompañada de una oferta de plan que esa persona sabía que me haría algún bien. Acepto y vuelvo al trabajo. La redactora jefa de nuestra página web me propone con mucho tacto escribir algo al respecto, pero solo si me apetece. Le digo que sí con convicción, aunque desearía que hubiese letras más pequeñas. La idea también surge, de nuevo con mucha delicadeza y en boca de otra persona, en nuestra última reunión antes de entregarnos irremediablemente al turrón, el vino o el panettone, según los gustos y posibilidades de cada cual. Reconozco que no tengo idea de lo que va a salir ni de si saldrá. Eso no parece intranquilizar a nadie. Me pongo manos a la obra empezando por aquello que figura en las páginas institucionales y por leer a las voces más acreditadas pronunciándose al respecto (la inmensa mayoría trans, para variar lo que suele ser habitual en muchos medios). Las lágrimas llegan una vez fuera de la redacción, nada más atracar en el puerto seguro que es mi librería favorita, así llamada en honor a la (o el) pirata Mary/Mark Read, que cruzó las orillas de varios géneros a lo largo de su vida.

Soy consciente de que no hay ni rastro de epopeya en este aburrido recuento detallado de mi 22 de diciembre de 2022. También de que da fe de los apoyos y numerosas facilidades con las que cuento. Tengo el DNI cambiado desde marzo de 2018 (para entonces ya se había empezado a trabajar en el texto de la propuesta de ley), un proceso que culminó tras más de cinco años de periplos médicos e institucionales en la Comunidad de Madrid. Mi familia, pareja y entorno más cercano me arropa. Tengo un techo propio, recién hipotecado, sobre mi cabeza. Hace años que casi nadie sabe que soy trans si yo no se lo digo, lo que me procura una protección y tranquilidad considerables en mi día a día. Soy uno de los poquísimos afortunados dentro de la comunidad trans en tener un contrato indefinido desde hace poco más de un año, aunque haya tenido que dar muchos tumbos en todo tipo de oficios y esperar a superar los 30 años. Este puesto (o, mejor dicho, la generosidad de quienes tienen la última palabra al respecto) me facilita, además, una tribuna que no sé si merezco, pero que, si me lo permitís, se me antoja bastante más autorizada que la de algún que otro autoerigido experto que jamás ha mantenido una conversación con una persona trans sin propósitos espurios, escuchándola y tratándola con respeto. Expertos y expertas que en muchos casos ocupan cargos en instituciones políticas, educativas y sanitarias y que llevan años contribuyendo a la difusión de bulos y al vilipendio de las personas trans, en especial de las mujeres y menores, casi siempre en medios nacionales de gran alcance y considerable prestigio. Adalides de los derechos de algunas mujeres (las que están de su parte, además de ser cis) que el pasado 16 de diciembre pudieron verter libremente sus exabruptos en el Congreso de los diputados. En cualquier caso, esta ley en mí no tiene tanto impacto como en aquellas personas trans en otros momentos de su proceso a las que sí ampara el texto y facilita considerablemente cosas tan básicas como ser llamadas por su nombre. Pero las pocas veces que he visto a alguien así de pendiente de lo que sucedía en el congreso, nunca ha sido porque buena parte de sus derechos se sometieran a votación.

La activista Mar Cambrollé (segunda a la izquierda), la actriz Lídice Gura (a la derecha del todo) y otras manifestantes durante la manifestación contra los recortes de la Ley Trans del 10 de noviembre en Madrid. MARCOS DEL MAZO/GETTY IMAGES

La activista Mar Cambrollé (segunda a la izquierda), la actriz Lídice Gura (a la derecha del todo) y otras manifestantes durante la manifestación contra los recortes de la Ley Trans del 10 de noviembre en Madrid. MARCOS DEL MAZO/GETTY IMAGES

 

Tampoco las personas trans somos las únicas cuyas vidas habitualmente se legislan y debaten, dentro y fuera de la sede parlamentaria, sin contar con su participación directa. Sucede también, por ejemplo, con aquellas personas migrantes sin papeles ni posibilidad de obtenerlos en instituciones que llevan años sin dar cita, personas a las que la potencial admisión a trámite y aplicación de la propuesta de Iniciativa Legislativa Popular de Regularización Ya, que hace dos días depositaron en el Congreso las 700.000 firmas obtenidas, posibilitaría vivir una vida mucho más digna y libre de trabas institucionales a un mínimo de 500.000 personas. Sucede con las personas autistas, de las que se habla constantemente sin contar con ellas, sean menores o no. Con las intersex, en quienes el texto recientemente aprobado en el Congreso también tiene un impacto positivo. No hay lector ni juntaletras que pueda aguantar una enumeración exhaustiva de todos los colectivos minorizados a los que se silencia sistemáticamente, pero sobre quienes tienen muchísimo poder quienes no comparten sus circunstancias. No se trata, en fin, de “lo mío”. Lo trans no es solo cosa nuestra, ni siquiera es algo que concierne únicamente a las personas trans, como tan atinadamente apuntaba Marta Nieto hace unas semanas. La ampliación de derechos no solo no borra a nadie ni tacha los ya existentes, sino que los afianza y nos hace más libres. Nos enseña a desdibujar las líneas que nos constriñen a todos y cada uno de nosotros por un capricho tan arbitrario como lo es nacer en tal o cual cuerpo, dentro de una u otra frontera. Hace titilar por un momento las líneas invisibles que unen aquellos que se consideran monstruos abyectos de aquello a lo que se nos dice que deberíamos aspirar, evidenciando lo que tienen en común y el hecho de que, en un mundo ideal, todas esas realidades deberían de ser equivalentes, que no iguales, y completamente intercambiables.

Mientras escribo exhausto estas últimas líneas, pienso en todas aquellas personas trans que ahora son parte del polvo de estrellas que nos nutre e impulsa a seguir adelante. A no instalarnos en la molicie autocomplaciente de las victorias parciales, porque lo queremos todo. Y para todes. Qué ganas de que no se hable de nosotres salvo cuando hagamos cosas, si es que queremos hacerlas y enseñarlas (y se nos deja). Qué ganas de estar tranquilito en el sofá sin temer al próximo sobresalto legislativo ni a la próxima tragedia; de llorar la muerte apacible, incluso gozosa, de alguna persona trans muy querida tras una vejez tranquila (o alborotada porque así lo quiso) y una vida plena. De que ya no me recorra un escalofrío preventivo cada vez que veo que un titular contiene la palabra “trans”. Hoy estamos mucho más cerca de ese momento, pero no lo suficientemente lejos del terror y la violencia que se nos ha impuesto con especial ahínco en estos últimos años.