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Fuente (editada): dosmanzanas.com | Rosa María García | 16/06/2020

Una de las grandes asignaturas pendientes del feminismo, más específicamente el feminismo histórico de España, es el reconocimiento total y sin reservas de las realidades trans. Ahora, el PSOE ha optado por una línea totalmente contraria y que, de hecho, se alinea con las políticas que hemos visto en Hungría, Polonia o Estados Unidos.

Parto de una premisa fundamental: el Partido Socialista está podrido de transfobia. Las intelectuales que han virado a su alrededor en cargos de distinta clase son tránsfobas. Sólo hay que ver imágenes de las conferencias de la Escuela Rosario de Acuña para entenderlo ─por cierto, estas intelectuales están siendo investigadas por un presunto delito de odio justamente por esto-. Sucede ya no sólo en espacios feministas genéricos, sino en los cargos relacionados con las políticas LGTB del partido. La delegada federal LGTB se ha referido recientemente a las mujeres trans como «misóginos», apoyando a las tránsfobas denunciadas.

Estas son cuestiones estructurales que tienen que ser entendidas para comprender el penoso papel que está jugando ahora mismo el PSOE en materia tanto de feminismo como de supuesto apoyo al colectivo LGTBIQA+, que va mucho más allá del argumentario interno. No es que estén dando argumentos falaces, es que sus cargos llevan años comprando y compartiendo bulos de toda clase, y a sabiendas tanto de todas las mentiras como de la situación terrible del colectivo trans a todos los niveles. Lo sabemos porque lo hemos dicho una y mil veces, y no les ha importado nunca.

Pero pasemos a las cuestiones de contenido del argumentario, porque las hay que son realmente llamativas.

La introducción presenta el argumentario como una herramienta contra una «teoría queer» que «niega la existencia de un sexo biológico». En realidad esto no es una afirmación que salga de ninguna de las páginas de ninguna pensadora queer. Hagan la prueba: pregunten de dónde sale, pidan una referencia específica. No existe. El pensamiento queer ha destacado más por la lucha contra la normalidad del sistema sexo/género y la cisheteronorma que cualquier otra cosa, y lo hizo inspirándose en el feminismo radical y en el movimiento queer, que venía de la marginación de maricas, trans y bolleras y del abandono del colectivo en plena crisis del sida. «Queer» es un insulto que se usaba como «marica» o «bollera», de ahí el nombre. Lo gracioso es que ni siquiera ha sido un gran fenómeno académico o editorial en España. Pregúntenle a Fefa Vila, Javier Sáez, Gracia Trujillo o Esther Ortega. Lo «queer», lo desviado, ha sido y es, por su propia naturaleza anti-normativa y ‘post’-identitaria, más bien marginal.

Pero la cosa mejora, porque el argumentario menciona la supuesta «negación del sexo biológico» porque eso negaría «la desigualdad que se mide y se construye en base a ese hecho biológico». Pero ¿cómo borraría esa «teoría queer” inventada tal «sexo biológico»? Respuesta: «el género es una herramienta analítica utilizada por determinados movimientos para sustituir el propio concepto de sexo». La parte graciosa es que «género» es un concepto que las feministas usamos desde hace más de 50 años, no para «sustituir el propio concepto de sexo» sino para incidir en que la situación estructural de las mujeres en general no es un hecho «natural» o «biológico», sino construido. El concepto lo tomaron las feministas radicales en los setenta (véanse Kate Millet o Gayle Rubin), lo reelaboraron en las ciencias sociales en los ochenta (véanse Joan W. Scott o Sonya O. Rose) y lo siguieron empleando para profundizar en debates en las ciencias naturales a partir de los noventa y dosmil (véanse Anne Fausto-Sterling o Cordelia Fine).

En general, en todas las ciencias ─sociales o naturales─ hay un consenso bien claro y asentado: el «sexo biológico» no podría comprenderse por sí mismo si no fuera socialmente relevante, y por tanto no es la sexuación biológica ─cuya reducción a la genitalidad, al estilo de Trump o de Orban, es simplemente anti-científica─ lo que hay que señalar, sino las prácticas sociales que tratan de dominarla, controlarla y normativizarla. Si no, ¿cómo planea el PSOE legislar en torno a la violencia intragénero o a la violencia médica sobre los cuerpos trans e intersex? ¿Cómo va a reconocerle derechos reproductivos a personas trans gestantes? De acuerdo a su propia concepción del sexo y el género, no es que no pueda hacerse, es que ni siquiera existen tales cosas. Consecuencia indirecta: la idea panfletaria de que el concepto de «género» invisibiliza a las mujeres oculta en sí misma otras formas de agresión directamente relacionadas con los cuerpos, y por tanto les da cobijo institucional.

Y es que incluso llama la atención lo mal que encaja el panfleto del PSOE con todos los consensos internacionales. El concepto de «género» sólo ha resultado un problema hasta ahora para el Vaticano y países fundamentalistas, cuando en la Cuarta Conferencia sobre las Mujeres de la ONU (Beijing, 1995) se habló de «género» para hacer referencia a la construcción de las desigualdades de toda clase entre las muy diversas mujeres que acudieron. En los últimos 15 años, colectivos trans de todo el mundo, asociaciones de apoyo (como la Asociación Mundial para la Salud Trans) y hasta la propia ONU han exigido o recomendado prohibir la patologización (y la violencia amparada en ella) que vive la comunidad trans. Todavía falta mucho, muchísimo por hacer, pero los principios para la acción están bien puestos, y son una exigencia internacional. Si no, lean los Principios de Yogyakarta o el informe del Comisario Europeo de Derechos Humanos Human Rights and Gender Identity (Hammerberg, 2009). El próximo paso es introducir legislaciones que garanticen los Derechos Humanos de las personas trans y guías de apoyo para profesionales, de las que por otra parte ya hay algunos buenos ejemplos ─como es el caso del Posicionamiento Técnico de la Asociación Española de Pediatría en relación con la diversidad de género en la infancia y la adolescencia en España, o las «Normas de atención» de la Asociación Mundial para la Salud Trans.

Se quiere negar esta legislación en base al argumento de que «los hombres (cis, asumo) podrían utilizar esa legislación para beneficiarse de ser legalmente mujeres». Curiosamente, se prefiere un argumento hipotético ─contrario además a lo visto con la Ley de Identidad de Género argentina─ a los derechos de las mujeres trans, que no son tanto de ley como de reconocimiento (parece que el reconocimiento de los hombres trans y de las personas no binarias ni siquiera se concibe). De hecho, en la famosa sentencia del Tribunal Constitucional en la que se le concedió a un menor trans la posibilidad del cambio del sexo registral (contra la ley que aprobó el PSOE en 2007), el único voto en contra fue el de una magistrada que valoró que, sencillamente, la Constitución establece el principio de no desigualdad por sexos, y que por tanto no tendría relevancia tal cambio. Finalmente, el Constitucional falló a favor del menor trans, asumiendo que el cambio de sexo legal es una cuestión más profunda que los formalismos, y toca principios fundamentales que están protegidos jurídicamente, como es el derecho a la dignidad. Acerca de esto, es recomendable leer las discusiones previas a la aprobación de la Ley de Identidad de Género argentina, o la exposición de motivos de los Proyectos de Ley presentados por Unidas Podemos.

Lo reformulo para que se entienda, si se prefiere: la auto-determinación de la identidad sexual lleva existiendo tanto tiempo como tiempo lleva existiendo el sistema de sexo/género. Siempre ha habido personas trans, y existen registros a pesar de que se haya ocultado en sociedad porque no tienen esquemas donde encajarnos. Siempre ha habido formas no normativas de encarnar el sexo propio. Existimos, somos inevitables. Lo que no existe todavía en España es el derecho a la auto-determinación. Que se entienda bien todo lo que significa esto: si no hay un derecho a la auto-determinación sexual, se nos está diciendo que no existimos en realidad. Que sólo se nos va a aceptar mientras pasemos por los filtros de violencia (cis)sexista del sistema. Como si no fuera también una cuestión de que cualquiera puede ser trans, de que no hay formas de medir si una persona es “lo suficientemente trans”. ¿Para quién hay que ser «lo suficientemente trans»? ¿Qué vidas trans son aceptadas y bajo qué supuestos?

En el fondo, el argumento no es que los hombres vayan a aprovecharse de esta ley, sino que las mujeres trans somos hombres hasta que se demuestre lo contrario. Y este argumento no lo aplican a nadie más, siguiendo la línea transmisógina que une la historia del colectivo trans. Y se asume que la forma de evitarlo son los filtros cisexistas, basados en el tutelaje legal y médico dirigido por personas cis. (Porque de las personas cis no se asume lo mismo, por si no quedaba clara la asimetría de la situación). Eso es lo que asume la legislación de 2007, que tiene las horas contadas gracias al Tribunal Constitucional: el sexo es mutable, y no vamos a creerte hasta que modifiques tu cuerpo para acomodarlo a nuestras ideas, te guste o no. Afirman que queremos medicar a la adolescencia, cuando lo que queremos evitar es que nadie tenga que pasar por procesos que le resulten dolorosos o traumáticos. (Por cierto, obligar a una persona adolescente a vivir un desarrollo hormonal que le hace sufrir es una tortura, equivalente a las “terapias” de conversión contra personas homosexuales o asexuales). Las hay que creen realmente que queremos que sus criaturas sean trans, cuando lo que queremos es que su descendencia trans no sufra.

Los argumentos, explícitos e implícitos, son terribles y erróneos; pero tenemos que ir más allá y pensar desde una perspectiva integral. La lucha contra la transfobia no es sólo una cosa de la gente trans, y no sólo supone beneficios importantes para las personas trans. La violencia contra las mujeres y contra las personas LGTBIQA+ tiene una misma causa: las estructuras y normas patriarcales. No sólo es que nuestros derechos no sean contrarios, es que se complementan mutuamente. Los derechos de unas son los de todas.