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Fuente (editada): elmostrador | Alessia Injoque | 17 mayo, 2020

En diciembre de 1865 entró en efecto la onceava enmienda a la constitución de los Estados Unidos, modificación que abolía la esclavitud. Tras décadas de discusión y una guerra civil, por fin entró en vigencia. Hoy parece inverosímil, pero durante años se diagnosticó en la población negra la drapetomanía, enfermedad que les llevaba a anhelar la libertad y, en muchos casos, huir. El supuesto mal era causado por exceso de maltrato o al tratarles como iguales.

Hasta mediados del siglo XIX una mujer que experimentara irritabilidad, dolores de cabeza, pérdida de apetito o tuviera “tendencia a causar problemas” podía ser diagnosticada de histeria. El tratamiento para esta enfermedad, causada por la privación sexual, podía consistir en un lavado vaginal o la estimulación manual de los genitales hasta provocar el orgasmo.

Estos ejemplos parecen lejanos. Tratar las diferencias como enfermedad, la libertad ajena -cuando nos incomoda- como trastorno, pareciera ser algo que se desterró con el método científico hace mucho, pero no es el caso. Por eficiente que sea una metodología no está libre de ser influenciada por errores, prejuicios y sesgos humanos.

Fue recién el 17 de mayo del año 1990 en que la Organización Mundial de la Salud eliminó la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales. Las personas trans continuamos en esa lista después de muchos lavados de cara, el último en 2018 donde condescendientemente nos dejaron como que somos una incongruencia. Durante décadas la homosexualidad se “curó” con procedimientos como la castración química, electroshock en los genitales y hasta lobotomías. Hoy las “terapias de reconversión” son rechazadas por la comunidad científica y consideradas pseudociencia que atenta contra la ética, sólo las defienden y practican grupos ultraconservadores.

Este cambio de paradigma es muy significativo cuando se trata de dignidad, libertades y derechos. Deja fuera la principal descalificación que nos excluyó de las discusiones políticas, ya no basta con que nos señalen con el dedo, deben enfrentarnos como iguales en el plano de los argumentos. Somos personas, parejas, familias y criaturas que enfrentamos discriminación. Somos quienes sufrimos exclusión al postular a un empleo, el niño con dos madres cuya filiación no es reconocida y la mujer lesbiana que enfrenta violencia en las calles. Somos la niña trans que sufre bullying en el colegio, las parejas a las que impiden contraer matrimonio, adoptar y quienes se vuelven tabú en los colegios. Somos un grupo humano que quiere que esto cambie, que anhela una sociedad más justa.

El 17 de mayo se conmemora el día internacional contra la LGTBIQfobia, los principales países que se observan como referencia de desarrollo y ejemplo de políticas públicas, se iluminan con los colores del arcoíris por la memoria de injusticias que personas LGBTIQ+ atravesamos en el pasado y en el presente, y para que se mantenga vivo el compromiso en la lucha contra la discriminación.

Esto no se trata de una ideología, tampoco de partidos políticos, son nuestras vidas, y el anhelo de desarrollarlas con la misma dignidad, libertades y derechos que el resto de la ciudadanía.