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Fuente (traducida y editada): THE NEW YORKER | Masha Gesse | 13 de enero de 2021

Todas las noches, cuando paseo a mi perro, algunas personas que también pasean a sus perretes me hacen las mismas dos preguntas: “¿Perro o perra?” y “¿qué edad?” El sentido práctico de estas preguntas se me escapa. Las respuestas no informan de las interacciones entre nuestras mascotas, ni cuentan una historia. ¿No sería más interesante saber si mi perro es un miembro de la familia desde hace mucho tiempo o une cachorre de la pandemia, si vive con otras mascotas, cuánto ejercicio hace o desea, cómo toleró la orgía de fuegos artificiales del verano pasado o saber, al menos, su nombre? Estas son las preguntas que suelo hacer a otras personas con mascotas cuando estas se huelen entre sí. Pero, como respuesta, todavía me preguntan, cientos de veces al año, sobre la edad y el sexo de mi perro. Estas categorías, al parecer, son tan fundamentales para la forma en que organizamos el mundo que nos rodea que las aplicamos a todo.

No es de extrañar, entonces, que los intentos de subvertir estas dos categorías hagan que la gente se sienta incómoda y, a menudo, asustada y enfadada. Esto sucede cuando la infancia actúa con especial independencia, cuando la gente desafía las normas de género y, especialmente, cuando ambas cosas suceden a la vez, como en el caso de las infancias trans. En diciembre, el Tribunal Superior de Justicia británico falló sobre la cuestión de si las personas menores de dieciocho años son capaces de dar su consentimiento informado a los tratamientos que frenan la pubertad. El tribunal dictaminó que les niñes menores de dieciséis años no pueden dar su consentimiento para dicho tratamiento porque no pueden comprender sus consecuencias a largo plazo y arroja dudas sobre la capacidad de les jóvenes de entre dieciséis y dieciocho años. La decisión prohíbe a la infancia y adolescencia del Reino Unido realizar una transición médica.

La cobertura de los medios británicos de la decisión del Tribunal Superior fue en general de apoyo. Pocos días después, el editor de la BBC, Amol Rajan, publicó su lista de los cinco mejores ensayos del año, entre ellos el artículo de JK Rowling explicando su posición “sobre el sexo y las cuestiones de género”. Rowling, que se presenta a sí misma como una defensora de los baños, vestuarios y otros “espacios de un solo sexo” contra las mujeres trans, escribió que estaba “preocupada por la enorme explosión de mujeres jóvenes que desean hacer la transición, y también por el creciente número de mujeres que parecen estar detransicionando”. Citó la controvertida hipótesis de que algunas transiciones adolescentes pueden deberse a una especie de contagio social. Si la transición hubiera sido una opción durante su propia adolescencia, escribió Rowling, podría haberla elegido como una forma de lidiar con sus propios desafíos de salud mental: “El atractivo de escapar de la condición de mujer habría sido enorme”.

En Estados Unidos esta línea de argumentación fue adelantada por Abigail Shrier, una escritora del Wall Street Journal que publicó el año pasado un libro titulado Irreversible Damage: The Transgender Craze Seducing Our Daughters (Daño irreversible: la locura transgénero que seduce a nuestras hijas). La portada es un dibujo de una niña prepúber con un corte redondo gigante donde debería estar su abdomen. Actualmente, el libro está clasificado como el “Más vendido #1 en estudios trans” en Amazon.

“Las mujeres y les niñes siempre se mencionan al mismo tiempo“, observó la activista feminista visionaria Shulamith Firestone en el libro The Dialectic of Sex: The Case for Feminist Revolution” (La dialéctica del sexo: el caso de la revolución feminista, 1970). “La naturaleza de este vínculo no es más que una opresión compartida. Además, esta opresión se entrelaza y se refuerza mutuamente de formas tan complejas que no seremos capaces de hablar de la liberación de la mujer sin hablar también de la liberación de les niñes y viceversa”. Firestone señaló que las mujeres y la infancia estaban inextricablemente vinculadas no solo por el deber de las mujeres de tener progenie y criarla, sino también por la obligación, para ambos grupos, de mantener la inocencia, la fragilidad, la inmadurez y la dependencia de les demás. Firestone ve el camino hacia la liberación separando la función reproductiva de la biología de la mujer y aboliendo la infancia. Se podría argumentar que les adolescentes que buscan atención trans están llevando a cabo ambos proyectos, y es por eso que inspiran una oposición tan asustada.

Sin embargo, los argumentos a favor de la atención trans para la adolescencia no suelen ser tanto liberacionistas como deterministas. Algunes defensores afirman que la infancia trans es innata e inmutablemente diferente de la infancia cis, y que el acceso a la transición médica es esencial para evitar la depresión e incluso el suicidio. “El temor de que la pubertad por sí misma pueda ser una amenaza para la vida de les niñes trans, impregna la atención pediátrica trans”, escribió Sahar Sadjadi el año pasado en un ensayo en Transgender Studies Quarterly. (Sadjadi es una antropóloga médica que ha estudiado prácticas clínicas durante una década, sobre infancias trans y otres niñes que no se ajustan al género). Este tipo de defensa, sostiene, se basa en dos tendencias que vienen de antiguo: el hábito de pensar en el tránsito principalmente como un proceso médico, y el hábito de basar las reclamaciones de derechos civiles trans con la retórica de “nacido hombre/nacida mujer”. Estos hábitos constituyen un argumento convincente y fácilmente digerible: la transexualidad es una característica inmutable y negar a la juventud el acceso a la transición médica puede equivaler a matarles. Este argumento se basa en la experiencia vivida por algunes activistas cuya propia transición médica alivió una angustia extrema. Pero un argumento enraizado en la desesperación no puede ni debe representar a toda la infancia y adolescencia trans.

Cuando no estamos hablando de infancia y adolescencia, las personas trans adultas hablan de una gama mucho más amplia de opciones que la transición médica: un espectro de expresión de género más variado que el camino lineal de los bloqueadores de la pubertad seguido por la hormonación cruzada. Algunas personas trans adultas se consideran binarias y otras no; algunas usan hormonas y se someten a cirugías, otras eligen uno u otro, algunas prueban diferentes enfoques y otras evitan las intervenciones médicas por completo. La intervención médica en muchos países requiere de un diagnóstico de “disforia de género”, incluso si la persona está pagando la cirugía y las hormonas de su bolsillo. Sin embargo, en general, las personas adultas no están obligadas a demostrar que siempre han conocido su identidad (aunque algunas lo han hecho).

Si mantenemos la premisa de que la transexualidad es un rasgo innato e inmutable, se deduce que cada joven que elige detransicionar minará las opciones que cualquier otre joven pueda tener para buscar atención trans. “El principal debate se ha convertido en si estes jóvenes ‘perseverarán’”, me dijo Sadjadi por Zoom desde Montreal, donde es profesora del Departamento de Estudios Sociales de Medicina de la Universidad McGill. “Creo que esta es la pregunta equivocada. El sexo cambia con la edad. El sexo de una mujer de cincuenta años no es el mismo que el de una niña de cinco. No pasa nada terrible si una persona vuelve a hacer la transición, que es lo que creo que deberíamos pensar al respecto”.

La decisión del Tribunal Superior Británico presenta un enfoque que puede parecer convincente y compasivo. Une niñe, decidió el tribunal, no puede comprender completamente el significado de la infertilidad y la posible pérdida de la función sexual que conlleva la transición médica a una edad temprana. Pero este argumento se basa no solo en una definición estrecha del placer sexual sino en un ideal imposible de comprender: nunca podemos imaginar la pérdida de algo que nunca hemos tenido. Keira Bell testificó: “Hasta hace poco no comencé a pensar en tener descendencia y, si tuviese la oportunidad, tendré que vivir con el hecho de que no podré amamantarla. Todavía no creo que haya procesado por completo el procedimiento quirúrgico que realicé para extirparme los pechos y cuán importante fue realmente”. Por más desgarradora que sea esa admisión, todos los datos disponibles indican que esas lamentaciones son extremadamente raras. El testimonio de esa persona convenció a la Corte de tomar una decisión que afectará a incontables miles de personas, lo que nos dice más sobre el tirón que la reproducción humana tiene sobre la imaginación que sobre la transición sexual.

“La gente cambia de opinión sobre todo tipo de decisiones”, agregó Sadjadi. El suyo no es un argumento en contra de pensar en la transición como una decisión seria y consecuente, sino más bien un argumento para verla como una de las muchas elecciones importantes que enfrentan algunas personas. Las personas (incluida la juventud, actuando legalmente con el apoyo de sus progenitores) eligen tener bebés, mudarse de ciudad o país, someterse a un riesgo físico extremo al participar en ciertos deportes, hacer lo que a menudo equivale a compromisos de intervención médica de por vida con inhibidores de la serotonina para la depresión o estimulantes para el trastorno por déficit de atención con hiperactividad, unirse a las Fuerzas Armadas o la Guardia Nacional. Ninguna de estas decisiones son como la decisión de transitar, pero, ¿realmente son decisiones mucho menos importantes?

En su libro de 1970, Firestone discutió los límites que arbitrariamente se imponía a la infancia a lo lago de la historia. En otras épocas se esperaba que les niñes abandonaran los juguetes y tomaran vocaciones de personas adultas a los siete años; históricamente las niñas se casaban tan pronto como pasaban por la pubertad. La posición de Firestone era que la niñez es una categoría relativamente nueva e inestable. Nuestras propias ideas de madurez no son menos arbitrarias que las de nuestres antepasades. Sabemos que une niñe de quince años probablemente tenga más preparación para tomar decisiones en la vida que une de nueve años, que todavía tiene mucha más experiencia e información que une de cuatro. Pero a efectos de la ley se les agrupa en la misma categoría. Por otro lado, se considera que une joven de dieciocho años es capaz de tomar todas las opciones de la vida. Sin embargo, hay pocas dudas de que que la experiencia, sabiduría y habilidad para evaluar riesgos y tomar decisiones continúan acumulándose mucho más allá de la mediana edad. Si lo pensamos bien, una persona de cincuenta años que ha experimentado la vida con un sexo en particular está en una posición mucho mejor para tomar una decisión sobre la transición que una persona de veinte. Pero en ese momento es demasiado tarde para decidir ser una persona joven de otro sexo, y esto también es irreversible. Comencé mi propia transición a los cincuenta, mucho después de experimentar la miseria del embarazo y la alegría incomparable de amamantar. Si hubiera tenido la opción de hacer la transición cuando era adolescente habría elegido hacerla, y estoy casi seguro de que tampoco me habría arrepentido en ese entonces, porque hubiera tenido una vida diferente.

Sadjadi, que era médica antes de convertirse en antropóloga, ha escrito que los bloqueadores de la pubertad no son tan intrascendentes desde el punto de vista médico como a menudo se los describe. Aunque parecen no tener efectos físicos a largo plazo si se utilizan durante un período breve (un año o menos), algunos estudios sugieren que pueden tener efectos perjudiciales a largo plazo para el sistema musculoesquelético si se utilizan durante tres o cuatro años. (Los datos a largo plazo provienen del uso de bloqueadores de la pubertad para prevenir lo que se considera pubertad “precoz”, que ocurre en niñes menores de nueve años). Sadjadi sugirió liberar el tránsito en la juventud del supuesto de que necesariamente tomarán bloqueadores de la pubertad. Para algunes niñes, dijo, puede valer la pena considerar el tránsito social como el primer o incluso el único paso. El tránsito social a menudo está notoriamente ausente del menú que se ofrece a les adolescentes. Para otres, la hormonación cruzada puede ser preferible a los bloqueadores de la pubertad, que se supone que “ganan tiempo” antes de que se considere que une niñe tiene la edad suficiente para decidir. No hay suficientes datos para decir si estas pueden ser o no las mejores opciones de atención, ni cuándo realizarlas.

Para poder hablar sobre una variedad de opciones de tránsito, en diferentes momentos de la vida, tendríamos que cambiar los términos del debate. Necesitaríamos ver la edad y el sexo en un continuo, no como estados binarios. Ningune de nosotres ha sido jamás tan inocente e ignorante como la progenie de nuestra imaginación, y ningune de nosotres será jamás tan sabie y competente como las personas adultas que pretendemos ser. ¿Y si nos viéramos a nosotres mismes siempre cambiando, siempre insegures, pero siempre capaces de tomar decisiones? ¿Qué pasaría si aceptamos que algunas pérdidas son deseables y otras lamentables, y que no siempre podemos saber la diferencia? ¿Qué pasaría si supiéramos que siempre estamos cambiando no solo como individuos sino como sociedades, y las categorías que usamos para clasificarnos mutan más rápido de lo que nos damos cuenta? Entonces, tal vez podríamos tener una conversación real sobre el cuidado de las personas trans menores de edad.