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Vicky, mujer trans, migrante, lleva casi 20 años defendiendo los derechos LGTBIQA+. Hablamos con ella sobre su vida, su proceso migratorio y la propuesta de ley trans.

Fuente (editada): Píkara magazine | Tatiana Romero | 28/04/2021

Victoria Arely Gómez Cruz, Vicky, como le llaman en el mundo transfeminista, nació a 8.333 kilómetros de Madrid, ciudad en la que actualmente reside. Es migrante hondureña, mujer trans y defensora de derechos humanos. Desde su natal Honduras llegó a Madrid huyendo del acoso, el hostigamiento, la discriminación y las amenazas de muerte que pesaban sobre ella por defender los derechos de la comunidad LGTBIQA+. Tiene una mirada limpia, de esas que nada esconden, mira de frente y con la cabeza en alto. Mucho ha vivido y tenido que pasar desde aquel 28 de abril de 1983 en que vino al mundo. Lo último ha sido el acoso en redes por parte de autodenominadas feministas transexcluyentes, exponiendo su intimidad y cuestionando su identidad. Ella responde haciendo lo que ha hecho durante casi 20 años, activismo y defensa de derechos humanos, porque los derechos trans -dice- son derechos fundamentales que deben estar garantizados por los Estados que se consideren democráticos.

Háblame de tu infancia, cómo era la Victoria niña.
Yo creo que en el tema de la niñez, la mayoría de las personas trans* tenemos una visión muy diferente en el sentido de ser niña o niño. Es una etapa en la que comienza la autoidentificación. Yo a los cinco años noté que era totalmente diferente que el resto de los niños. Me sentía más identificada con las niñas y quería estar con ellas, aunque se me obligaba a trabajar y jugar con varones porque las maestras decían que eso era lo que yo era, pero a mí el espejo me decía algo diferente: yo me sentía niña. En el colegio viví mucha discriminación, fui victima de bullying constantemente, sobre todo por parte de las clases de mayores. Lo mismo en casa, yo vengo de una familia muy conservadora y muy religiosa y también fui muy cercana a la Iglesia, pero ni Dios me supo dar la respuesta a por qué me sentía diferente al resto. Crecí en la discriminación, nací en la discriminación, en las humillaciones constantes y, eso mismo es lo que yo me cuestiono todo el tiempo, ¿por qué tenemos que acostumbrarnos a que en nuestra vida diaria nos estén insultando?

¿Cuándo decides asumir tu transexualidad?
A los 25 años yo salí del clóset, en ese momento me dije a mí misma: “Yo no voy a seguir ocultando lo que yo siento, si al final la discriminación la tengo siempre, no me voy a seguir ocultando”. Hubo muchos años en los que yo era muy andrógina, sobre todo a los 20, a mí la rebeldía me dio por ahí y me identificaba mucho con el rock, porque era un espacio que me permitía jugar con mi imagen. Hasta hoy me sigo vistiendo punk y esos fueron mis referentes para poder asumir la identidad de género. Recuerdo que me modificaba los uniformes del instituto. Acampanaba los pantalones, me ponía las camisetas ajustadas al cuerpo. A los 25 años me vestí toda de mujer, ¡pero hasta las bragas, eh!, y me miré pensando, “ahora sí, esta soy yo, esta definitivamente es Victoria”. En la universidad había otra compañera trans que estudiaba Periodismo, yo estudiaba Ciencias de la Educación. Para llegar a mi facultad tenía que cruzar por Ingeniería, que estaba llena de varones. Cuando pasaba por sus aulas nunca faltaba el silbido, el insulto o incluso los botellazos. Y yo, entaconada y con una peluca roja lacia, pasaba por ahí y tenía que tragarme las agresiones. Me imagino que la compañera trans que estudiaba Periodismo tenía que pasar por lo mismo y sufrir el mismo hostigamiento. Fueron unos años muy crueles y eran muy pocas las personas que se relacionaban conmigo cuando yo asumí la transexualidad. Fue en ese momento en el que perdí todos los privilegios masculinos y asumí la identidad del género oprimido. Esto se hizo más patente cuando mi familia me dijo que preferían que “pareciera un maricón a que fuera transvestido”. Perdí la colectividad de la familia, ya no era bienvenida en las reuniones familiares y me tuve que ir de casa. Pero, como yo decido lo que quiero para mi vida, asumí la transexualidad.

¿Cómo empiezas a relacionarte con la defensa de los derechos humanos y del colectivo LGTBIQA+?
En esos años conocí dos organizaciones, Arcoíris y APUVIMEH (Asociación para una vida mejor de personas afectadas e infectadas por el VIH). Me empecé a reunir con Arcoíris pero ahí no me sentía útil. La visión de las mujeres trans en el activismo LGTBIQA+ es que no tenemos cerebro para pensar. Existe una imagen totalmente errónea de que nuestra única preocupación es ponernos tacones, maquillarnos, ponernos el vestido más molón que encontremos en la tienda y eso a mí me hacía sentir bastante mal, porque todas tenemos capacidad de pensar y de desarrollarnos en el activismo. Dentro de la comunidad LGTBIQA+ hay mucha transfobia y misoginia también.

Hablando en plata, Vicky, me estas diciendo que hay también ahí una discriminación hacia las mujeres trans, ¿no?
Sí, totalmente, porque no nos educamos ni nos sensibilizamos para trabajarnos los privilegios dentro de los activismos. En Arcoíris parecía que solo nos querían para concursos de belleza, para hacer bailes y coreografías. Yo en ese espacio no encontré nada más que la misoginia imperante en toda la sociedad y mucha transfobia. Ojo, tampoco vamos a olvidar la transfobia y la misoginia interiorizada, que desemboca en actitudes de rivalidad entre nosotras. A pesar de esto, yo estaba decidida a encontrar mi espacio, así que empecé a trabajar con APUVIMEH. Ahí aprendí todo lo que sé y me formé como defensora de derechos humanos. Comencé haciendo trabajo de campo al mismo tiempo que me formaba, me fui empapando y emocionando por conocer la realidad de las personas trans* en Honduras y también supe que no era la única que vivía una realidad diferente, que no estaba sola. En esa organización Victoria empezó a soltar la lengua. Yo había sido muy tímida, siempre había tenido miedo a hablar, a que la gente me descubriera en espacios donde yo sabía que no era bienvenida porque era diferente. Y si a eso le sumamos que yo soy delgada y alta, pues, doy mucho la nota.

Háblame de Victoria, la defensora de derechos humanos.
Empecé acompañando a las trabajadoras sexuales. Me quedaba toda la noche con ellas y me llevé bastantes palizas, porque cuando venía la policía teníamos que correr por todo el centro de Tegucigalpa. La policía les exigía a muchas favores sexuales para poder ejercer. Así fueron mis inicios. Al ir avanzando en los acompañamientos fui también aprendiendo lo que es ser una persona trans.

¿Qué es ser una persona trans?
Ser una persona trans es romper todo esquema y estereotipos sociales respecto al género. Saber que eres lo que tú consideras que eres, aunque otras personas no lo vean. Cuando yo me miro en el espejo veo a una mujer, veo a Arely Victoria, pero sé que hay otras personas, cisheterosexuales, normativas, que no lo ven como lo veo yo. Al final esto es lo que es una, lo que psicológica y socialmente soy, no lo que las demás personas puedan ver o no. Y la formación en derechos humanos, sin duda en lo que más me ayudó fue a entenderme a mí misma y defender que estoy en mi derecho de vivir una vida digna; que estoy en mi derecho de defender mi derecho a un puesto de trabajo, a una educación de calidad, a salud integral y a vivienda. De ahí surgió la potencia política de esta persona que es Victoria, porque no voy a negarme a mí misma la oportunidad de tener y vivir en libertad.

En ese asumir y potenciar a Victoria, es cuando decides empezar tu propio proceso de hormonación, ¿cierto? ¿Cómo lo viviste?
En Honduras no tenemos especialistas en endocrinología ni nadie que te asesore, lo hacemos todo en plan apoyo mutuo con las otras chicas trans. Si a alguna compañera le funcionaba un tipo de estrógeno de los inyectables, pues ahí que íbamos. Hay todo un circuito de información informal sobre las hormonas. Que si unas te hacían más espalda, que otras te hacían más tetas. Yo empecé a inyectarme muchísimo en modo prueba y error. Me sentía diferente, menos masculina. La presión social por “estar espectacular” me pesaba mucho. Ahora mismo llevo ya tres años con inhibidores en un proceso de “castración química”, matando la testosterona para supuestamente reemplazarla con progesterona, esto significa una serie de renuncias y modificaciones en mi propia sexualidad. Yo lo he tenido que aceptar para poder tener mis derechos trans, poder acceder a cirugías, pero entiendo que haya muchas personas que no quieran hacerlo. El tema de las cirugías es muy complejo a nivel personal, cada una de nosotras tiene una relación particular con su cuerpo y muchas veces pasamos por un fuerte cuestionamiento interno sobre lo que queremos.

¿Cuándo y por qué decides venir al Estado español?
Poco a poco me fui implicando en la lucha política. Para mí es importante que las personas trans podamos elegir y ser electas. Creo que es un espacio en el que podemos incidir para obtener derechos, porque mundialmente la población trans* es la menos valorada y la menos tomada en cuenta en tema de derechos. Quería impulsar una organización trans* independiente en la que la dirección no estuviera copada por hombres gais. En donde también pudiéramos hablar de temas como la migración, porque muchas mujeres trans en Honduras se ven obligadas a migrar para ejercer el trabajo sexual a países en donde ellas consideran que pueden encontrar una vida mejor y también debido a la discriminación y la transfobia. Esta implicación política puso mi vida en riesgo y después de una brutal paliza, desde la organización donde trabajaba contactamos con CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado) y decido salir de Honduras.

Llegas a Madrid y te encuentras más de lo mismo, ¿no?
En Centroamérica tenemos el mito de que España es más incluyente, que en el tema de derechos de la población trans* está más avanzada porque es el “primer mundo”… “El país de las maravillas”, le llamo yo. Al llegar contacto con CEAR y hacemos la petición de asilo político. En tres meses me dieron la tarjeta roja y tres años tardaron en concederme el asilo. Con el tiempo fui entendiendo que las cosas no eran como me las había pintado y a los seis meses de estar en Madrid sufrí una paliza, la primera, en Vallecas cuando iba a una discoteca latina. El guardia de seguridad, un blanco, español, me golpeó con el argumento de que ese no era un lugar para mí, que tenía que irme a Chueca donde van los maricones. Cuando desperté en el hospital tenía su bota marcada en la cara y no podía moverme de tanto dolor. Parece que estoy destinada a recibir palizas.

En estos años que llevas en Madrid cómo y con quién has formado red afectiva y de cuidados.
Las mujeres siempre han estado de mi lado, desde pequeña siempre he tenido compañeras que me defendían del acoso o de los golpes. Siempre me he sentido identificada y arropada por compañeras feministas. Las mujeres trans formamos parte del movimiento feminista desde siempre, como mujeres que somos. Cuando me dan la paliza en Vallecas, son compañeras feministas, españolas y latinoamericanas, las que me acompañan y las que han estado ahí durante todo este tiempo sosteniendo.

Para ir cerrando, como migrante, ¿en qué te repercute o qué derechos obtienes con la propuesta de ley trans?
Me parece muy importante que la ley tenga una perspectiva antirracista y que pueda dar respuesta a los problemas de la población trans* migrante. En el borrador es verdad que hay un componente que, hasta cierto punto nos beneficia: las migrantes con residencia en España podríamos cambiar nuestro nombre y sexo en documentos oficiales sin necesidad de dos años de hormonación y un diagnóstico, patologizante, psiquiátrico. Muchas de nosotras venimos de países donde no hay ley de identidad de género, entonces todos los trámites migratorios se hacen con nuestro nombre en masculino. Esto quiere decir que, ahora mismo en España yo legalmente no soy Victoria. La ley trans sería un poco de alivio a tanta discriminación y tal vez pueda ayudarnos a campear la precariedad en la que muchas mujeres trans migrantes vivimos. Yo tengo claro que rompo el esquema de la mujer trans que muere a los 35 años. Llegué a España a los 33 y ahora tengo 37. Ya lo he superado, he sobrevivido y hay mucho camino por recorrer, muchas luchas que afrontar, mucha gente por conocer y la motivación de que las cosas algún día van a cambiar es lo que me mantiene viva y con energía para seguir luchando.