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Irónicamente, los comentarios cargados de desprecio que pretenden erigirse como parte de un discurso justiciero en favor de las infancias, de su salud y dignidad, ignoran en todo momento la voz de las infancias y adolescencias que no se viven dentro del sexo asignado al nacer.

Fuente (editada): ANIMAL POLÍTICO | Siobhan Guerrero McManus | 10 de diciembre, 2019

Hace unos pocos días Elsa, una niña transexual española, conmovió al mundo con un poderoso discurso en el cual dejó patente tanto la necesidad de reconocer la existencia de las infancias trans como la urgencia de labrar espacios seguros para que estes niñes puedan expresarse libremente con plena seguridad y autonomía. De igual manera, Elsa dejó patente el hecho de que ella sabe –sin duda mejor que nadie– quién es ella misma y que tras cuatro años de vivir su vida como una chica “diferente”, como ella misma lo expresó, a nadie debía caberle la duda de que niñas como ella existen, es decir, niñas trans. Aquí cabría agregar que su caso no es ni único ni excepcional como arrojaron los resultados de la Consulta Infantil y Juvenil 2019 que organizó el INE y en la cual aproximadamente un 2% de les menores de edad participantes se refirieron a sí mismes con un sexo no asignado al nacer.

Volviendo a Elsa, su discurso le ganó sin duda fama internacional pero también la convirtió en blanco de comentarios que si le fueran dirigidos a una persona adulta nos causarían consternación y que, al ser dirigidos a una niña, nos resultan inconcebibles pues terminan por ser actos profundamente deshumanizantes. A Elsa le tocó, hay que decirlo, resistir el embate de la violencia transfóbica más cínica e hiriente. Irónicamente todos estos comentarios cargados de desprecio pretendían erigirse como parte de un discurso justiciero en favor de las infancias, de su salud y dignidad, pero ignorando en todo momento la voz de la propia Elsa y de las otras infancias y adolescencias que, como ella, no se viven dentro del sexo asignado al nacer. Estos discursos, sin importar si venían de la derecha más rancia heredera del franquismo o de un feminismo que se imagina a sí mismo de izquierda sin atender a lo escandaloso que resulta el coincidir con los discursos de odio ya mencionados, movilizaban una serie de pánicos morales en torno a las infancias y adolescencias trans mientras a un mismo tiempo las silenciaban y condenaban a habitar vidas dictadas por otras personas desde una visión que no cuestiona lo que ha asumido como normal y natural.

El costo de este silenciamiento, al que habría que calificar como un ejemplo claro de injusticia testimonial dada la rotunda anulación de la voz de las personas menores y de su capacidad de autocomprensión, desemboca en una serie de tragedias que habría que evitar. Pongo un ejemplo. Hace un poco más de un año tuve la oportunidad de conocer a un chico trans de 14 años e hijo de un matrimonio cristiano que no sólo no le reconocía su identidad sino que insistía en llevarlo a terapia –a esas famosas terapias reparativas que la Organización de las Naciones Unidas ha catalogado de tortura–. Este chico nos confesó a mí y a un grupo de activistas su deseo de fugarse de su casa así tuviera que vivir en la calle; al saber esto nos horrorizamos pues teníamos en claro toda la suerte de peligros que le esperaban en caso de tomar esta decisión: trata, violaciones, explotación y, desde luego, homicidio. Lo más trágico es que temíamos que si este chico permanecía en su casa terminara por quitarse la vida. Y esta horrible disyuntiva es precisamente la que busca combatir el reconocimiento de la identidad sexual de las infancias y adolescencias trans.

Y en esto tenemos que ser muy claros. Muchas infancias trans –e infancias LGBT en general– terminan por confrontarse con la disyunción de quitarse la vida o sufrir la expulsión del núcleo familiar en caso de siquiera atreverse a enunciar públicamente que no son personas cisexuales (o heterosexuales). Ambos disyuntos son expresiones de una violencia cisexista (u homófoba) que no sólo lesiona la dignidad de las infancias sino que resulta corrosiva para la autoestima de estes menores y para su capacidad de ejercer plenamente sus derechos humanos, incluyendo desde luego su derecho a la identidad y el libre desarrollo de la personalidad. Así, hacer asequible el reconocimiento de la identidad es un primer paso en la búsqueda de una sociedad menos transfóbica e intolerante, una sociedad en la cual el ser una persona trans no implique sufrir la expulsión del núcleo familiar y verse por tanto expueste a una cadena de violencias que operan en los ámbitos familiares y escolares (y eventualmente laborales) cercenando así toda posibilidad de una vida digna y con pleno acceso a todos los derechos. La alta incidencia de crímenes de odio que tristemente caracterizan a nuestro país es el resultado de estas cadenas de violencia que producen marginalidad y, eventualmente, la muerte.

Reconocer las infancias trans

Quienes se oponen a este avance en el ámbito del derecho han argumentado falsamente que reconocer a las infancias trans implica medicalizarlas, hormonarlas e intervenirlas quirúrgicamente. Han sostenido asimismo que estas leyes imponen estereotipos de género sumamente rígidos. Ni una ni otra aseveración son verídicas. Por un lado, el dictamen de Ley que actualmente se debate en el congreso de la CDMX no sólo despatologiza a las infancias trans sino que explícitamente abre la posibilidad de un reconocimiento legal sin que medie intervención médica alguna o, atendiendo a lo segundo, una forma concreta de vivir el género social. Por otro lado, como lo han mostrado estudios recientemente publicados, las infancias y adolescencias trans son menos rígidas en sus expresiones de género que sus contrapartes cisexuales, así que esta puede verse como una apuesta emancipadora.

Para concluir, quisiera simplemente señalar que muy diversas culturas a lo largo de la historia han contado con identidades sexuales o posiciones sociales en las cuales la gente no se vive dentro del sexo asignado al nacer. A nuestra sociedad se le escapa este hecho e insiste en presentar a las personas trans como un fenómeno raro, excepcional y novedoso, y quizás por ello sospechoso. Pareciera que a las personas trans hay que explicarlas –explicar por qué existen– y quizás corregirlas o desaparecerlas. La posibilidad de respetarlas se pospone hasta que se haya mostrado que su existencia no es una falla en la naturaleza humana. Esta lógica tiene que ser subvertida; la dignidad humana nunca puede estar condicionada a la inteligibilidad de la otra parte.