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Nada hay en la libre vivencia de las identidades trans que ponga en cuestión la lucha tenaz de las mujeres contra el sistema patriarcal.

Fuente (editada): HUFFPOST | Rita Maestre | 08/11/2020

La celebración y reivindicación del Orgullo LGTBIA+ llegaba este año en plena pandemia como un soplo de aire fresco, en un momento en el que los discursos de odio llenan las redes sociales y pretenden incendiar a una sociedad que avanza desde hace muchos años. Una sociedad que se reconoce plural y diversa y que condena mayoritariamente cada agresión lgtbiqfóbica que sacude nuestras ciudades.

El feminismo es una revolución imparable y sin vuelta atrás. El movimiento feminista -de la mano con el movimiento LGTBIQA+- ha ido creciendo en todo el mundo, abriendo ventanas y demostrando que avanzar solo es posible si es a través del reconocimiento y de la igualdad de derechos. Sin embargo, como cualquier otro movimiento político, el feminismo es un movimiento vivo y cambiante, que se enriquece de discusiones y reflexiones comunes. El debate en los últimos años en torno al sujeto y objeto del feminismo ha generado cierta tensión que amenazaba de alguna manera el empuje cohesionado con el que este movimiento ha llegado a ser una etiqueta mayoritaria para las mujeres de nuestro país. Esta tensión ha estallado en los últimos meses, de una forma feroz, especialmente en las redes sociales, donde el odio campa a sus anchas y encuentra el altavoz perfecto para generar la ilusión de que cualquier opinión puede ser mayoritaria. Ha sido mucha la tinta vertida con reflexiones sobre la identidad de las personas trans, muchas veces acompañadas de comentarios tránsfobos y muy alejadas de cualquier debate que se presuma constructivo, y con una especial virulencia hacia las mujeres trans.

En este contexto parece más necesario que nunca plantear una propuesta política de sentido común, que permita al feminismo seguir caminando colectivamente y que no nos aleje, como ha ocurrido en otras ocasiones, de la mayoría social. No debemos perdernos en un debate académico poco comprensible para la mayoría de la ciudadanía y muy alejado de las experiencias diarias y de las necesidades cotidianas de las mujeres trans o cis (Cis: Persona cuya identidad sexual coincide con el sexo que le asignaron al nacer).

Recientemente celebramos en la Plaza de la Memoria Trans un homenaje a las personas trans, subrayando la exigencia del cumplimiento de la Ley de Identidad y Expresión de Género e Igualdad Social y no Discriminación de la Comunidad de Madrid, donde la autodeterminación de la identidad sexual es reconocida.

Desde hace años, el mes de octubre se dedica un intenso trabajo desde el activismo trans a reclamar la despatologización de las personas trans plena y real. Octubre Trans se está convirtiendo en un movimiento que crece cada año, reivindicando el derecho de las personas trans a vivir sus identidades en plenitud, sin estigmas patologizantes y con todos sus derechos reconocidos, más allá de informes médicos o psicológicos. El feminismo ha de asumir esta reivindicación como propia: nada hay tan revolucionario en la lucha contra la opresión patriarcal como la reivindicación de que el cuerpo con el que naces no condena tu lugar en la sociedad, sea este el que sea. Nada hay en la libre vivencia de las identidades trans que ponga en cuestión la lucha tenaz de las mujeres contra un sistema patriarcal contra el que las personas trans también luchan.

Los datos sobre la realidad de las personas trans son aplastantes, especialmente en el caso de las mujeres: el 80% se encuentra en situación de desempleo, situación que se mantiene en muchos casos durante años, dando lugar a  situaciones de extrema vulnerabilidad social. Además, no hay que ignorar el hecho de que las mujeres trans están sistemáticamente expuestas a dinámicas de discriminación y violencia tránsfoba, que sumado a la precaridad laboral genera el escenario perfecto para la aparición de trastornos por depresión o ansiedad, cerrando así un círculo de exclusión del que no resulta fácil salir.

Las personas trans tienen que lidiar a diario con un sistema que patologiza su identidad, que convierte la percepción íntima de su lugar en la sociedad o bien en una enfermedad o bien en una incongruencia. Nada de esto se corresponde con la realidad de las personas trans que, en contextos libres de transfobia, viven sus vidas de manera plena y libre.

Si las personas trans, y las mujeres trans las que más, sufren una discriminación que tiene un origen común con el resto de mujeres, deberíamos ser capaces de encontrar aquello que nos une y que nos permita hacer frente común ante el verdadero enemigo que es el avance de colectivos profundamente machistas, tránsfobos y contrarios a cualquier paso que nos acerque a la igualdad real. La violencia contra las mujeres y contra las personas LGTBIQA+ comparte, por tanto, un mismo origen: las estructuras y normas patriarcales. Por tanto, el objetivo común está claro y parece sencillo; terminar con dicha estructura y sustituirla por un sistema igualitario, donde todas las personas tengamos acceso a los mismos derechos.

Las personas trans han sido y seguirán siendo siempre compañeras de lucha, fueron ellas las que en una España en blanco y negro salieron a las calles en las primeras manifestaciones del Orgullo en ciudades como Madrid o Barcelona en primera línea. Son ellas las que siguen peleando por algo tan de sentido común como ser quienes son realmente. El último informe del Observatorio Madrileño contra la LGTBIfobia de incidentes de odio contra personas LGTBI lo deja claro: sólo en 2019 se han registrado más de 300 agresiones denunciadas.

El objetivo del feminismo es la defensa y empoderamiento de las mujeres, de toda nuestra complejidad y con todas nuestras diferencias, pero reconociéndonos iguales en un sistema que sigue teniendo al hombre-blanco-cis-heterosexual como medida de todas las cosas. Somos tan profundamente diferentes como iguales en una cotidianidad que invisibiliza los cuidados, que nos relega a un segundo plano, que nos estigmatiza y valora de manera distinta, que normaliza el techo de cristal o la brecha salarial. Todas estamos en lo mismo.

Desde esa diversidad que nos hace grandes, desde ese pacto entre nosotras, no es posible legitimar los discursos de odio que dañan a miles de mujeres y que cuestionan su propia identidad como mujer. Todas las identidades son válidas. Todos los cuerpos y todas las vidas son dignas de respeto y juntas tenemos la obligación de seguir avanzando. Como feministas todas.