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Autora: Saida García Casuso

Amanece el día 15 de febrero (otra fecha que no podremos olvidar a partir de hoy). Nuestras familias preparan el desayuno o ya se encuentran en sus puestos de trabajo y escuelas. Alguna, incluso, acaba de iniciar una de esas múltiples reuniones en las que tenemos que escuchar cómo se cuestionan los derechos fundamentales de nuestres hijes. Entonces llega el mensaje. Otra vez no. Uno de les nuestres se ha dado por vencido, se ha marchado sin ruido. Alguien propone aplazar esa reunión pero no aceptamos, si algo podemos hacer es reunirnos y hablar, hasta agotarnos, hasta quedarnos sin voz. Y es lo que hacemos una y otra vez, repetir y repetir, hasta que se interiorice, hasta que se entienda, hasta que lo conseguimos. Tenemos suficientes motivos para seguir a pesar de los pesares, a pesar de que no nos entiendan, a pesar de ser políticamente incorrectas, a pesar de que nos cuestionen, nos van las vidas en ello.

Empiezan las reacciones, se reproducen los nudos en el estomago o en la garganta, las lágrimas que inundan de impotencia los ojos que no quisieran leer lo que leen. Una familia rota a la que acompañan otras que también se resquebrajan. El respeto por el dolor compartido de las familias, la prudencia por no importunar el duelo, se disuelven en las redes que empiezan a difundir la noticia.

Ekai nos ha dejado con solo 16 años.

A veces la vida se torna compleja. Cuando se acumulan las dificultades y vence la desesperanza puede parecer que  quedan pocas opciones.

Nos queda la sensación de fracaso, de no haber estado a la altura, de no haber sabido adelantarnos a los acontecimientos. Nos queda la rabia y una tremenda impotencia, pero también la necesidad de seguir luchando. Detrás queda la colección de quejas ante el Hospital de Cruces, las preguntas incómodas y los items que no se cumplen. Detrás queda una familia destrozada. Detrás quedan los anhelos de un gran artista, y una  vida frustrada.

No podemos evitar que vengan a la mente esas insistentes propuestas paternalistas, en las que se cuestionan las realidades trans, la necesidades, las edades y las vidas de personas que son ajenas y no precisan de autorización para vivirlas. Esas personas que desde su pedestal se atreven a restringir las libertades, a retrasar el reconocimiento legal, un tratamiento hormonal o que la documentación refleje las verdaderas identidades. Deseamos que descansen sobre sus espaldas nuestros sufrimientos y ausencias y que, algún día no muy lejano, respondan por su irresponsabilidad.