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En los temas de sexo y género no hay blancos o negros. Existe un control de nuestros cuerpos por parte de otro cuerpo, el político, absolutamente inadmisible y violento

Fuente (editada): EL PAÍS | Nuria Labari | 05 FEB 2021

El borrador de la nueva ley trans permite a las personas de más de 16 años que no se sienten ni hombre ni mujer no poner el sexo en el DNI. Yo estoy deseando que se apruebe para eliminar una etiqueta tan dañina como obsoleta del mío y eso que supuestamente me autopercibo como mujer y he nacido con una vulva entre las piernas. No obstante, siento que esta ley también va conmigo.

La nueva ley trans, tan urgente para este colectivo, atañe a todas las personas nacidas en España en tanto podría suavizar la vieja y rígida relación que el Estado establece con nuestros cuerpos. Y en este sentido, creo que todes (personas binarias, no binarias, fluidas, trans o cis) necesitamos un contexto legal más abierto, flexible y respetuoso hacia nuestros cuerpos y sexos.

Cuando nacieron mis hijes, antes incluso de que nacieran, sentí en el entorno lo importante que era saber si iban a ser niñas o niños. La razón de tanto interés es que su vida y su identidad serían muy distintas en función de una u otra asignación. También su educación, los modelos que recibirían del exterior, los juguetes que se les ofrecerían, las revistas del quiosco, hasta los dibujos animados… En su caso, el control médico declaró que serían niñas, porque hasta ahora es el estamento médico quien asigna el sexo a las personas. Así que, si todo va como en la mayoría de los casos, dentro de unos años serán mujeres hechas y derechas y entonces su sexo marcará también su salario, sus gustos, sus cargas mentales, sus inseguridades y hasta su deseo.

“Cuando me miro a mí misma me pregunto cómo coño me he pasado toda la vida construyendo esto. Mi cuerpo, mi personalidad y hasta mi alma en función de lo que creía que deseaban los tíos. Me da hasta vergüenza, me siento una farsante”. Así explica Jules (Hunter Schafer), ídolo juvenil y protagonista de la serie Euphoria (HBO) cómo ha construido su feminidad. Ella es una joven trans de 20 añitos y yo, a mis 41, supuestamente cis, suscribo cada una de sus palabras. Mi feminidad, como la de todas las mujeres que conozco, también ha sido construida con esfuerzo y artificio. Estoy segura de que Jules no querría poner su sexo en el DNI. Y como ella, todas las personas que han sufrido por encajar en una de esas dos categorías estatales a las que llamamos hombre o mujer.

Las personas trans sufren de un modo feroz el control de las instituciones sobre su cuerpo y tienen la valentía de enfrentarse a la marca política que les fue asignada al nacer. Pero este control y categorización de nuestro cuerpo por parte del Estado lo padecemos todas las personas. De hecho, también existe un sufrimiento feroz en todas las niñas que intentamos alguna vez convertirnos en mujeres. Y en los niños que tratan de encajar en ese traje a veces monstruoso que llamamos hombre. En realidad, no conozco a una sola persona que no haya tenido que pelear y sufrir para construir su identidad por encima de las implicaciones sociales, culturales y en última instancia políticas, asignadas al sexo que le adjudicaron al nacer. Me pregunto entonces qué persona en este país no cree que tenga derecho a la autodeterminación sexual o de género. ¿En qué momento aceptamos que un asunto tan absolutamente íntimo puede ser determinado por otras personas o por instancias públicas?

Mis hijes no tienen DNI. El documento no es obligatorio hasta los 14. Y para entonces espero que escribir hombre o mujer en su carta de identidad resulte tan obsoleto como informar sobre el estado civil de cada une, algo que tuvieron que hacer mis progenitores antes que yo. Cuando el Estado creía que aquello también era asunto suyo. Al final, tanto si eres cis como si eres trans, identificarse como hombre o mujer en un documento oficial no es una cuestión sencilla. Si nos preguntamos seriamente lo que significa la categoría hombre o la categoría mujer y lo escribimos en un papel, encontraremos una definición compleja y llena de matices. Y además, esta definición será muy distinta a la que escriba cualquier otra persona. Siempre habrá quien argumente que el sexo es solo una cuestión genital, pero si ese fuera el caso, entonces en el DNI deberíamos señalar si nacimos con pene o vulva. Y esta historia no va solo de eso.

Que el sexo sea una categoría estatal es un disparate tan grande como que lo fuese la raza. ¿Alguien se imagina que nos hicieran confesar si somos de raza blanca o negra en documentos oficiales? Evidentemente, tendrían que darnos más de dos categorías para elegir, porque en el siglo XXI ya hemos entendido que la raza no es una cuestión binaria. Incluso si nos hicieran decir si somos de raza blanca o no lo somos, sería dificilísimo responder. Porque mucha gente preguntaría cómo de blanco hay que ser para responder que una persona es blanca. Algunas personas dirían que hay que ser albine, otras que basta con ser latines, otras dirían que no hay blanco como el asiático. Al final, habría que asumir que no existe una piel del mismo color que otra y que esta categoría no puede ser en ningún caso oficial pues la sola pregunta convertiría al Estado que la formulara en un Estado racista. Exactamente igual que la categoría del sexo en el DNI convierte a cualquier Estado que la exija en un Estado sexista.

En los temas de sexo y género tampoco hay blancos o negros. Lo que existe es un control de nuestros cuerpos por parte de otro cuerpo, el político, absolutamente inadmisible y violento. ¿Que hay que ser trans para librarse de esta condena? Entonces seamos trans todas las personas. “Para mí ser trans es algo espiritual, no lo digo en plan religioso o de una congregación. Es mío, me pertenece a mí”, explica en otro momento la joven y preclara Jules. Visto así, nada me parece tan universal como el grito de este colectivo. Es hora de que el Estado quite sus sucias manos de nuestros cuerpos. Y el DNI es un buen comienzo. Sin sexo y para todas las personas.