La exnadadora Kirsty Coventry es la presidenta del Comité Olímpico Internacional. / Foto: Wikimedia Commons

La decisión del COI de excluir a mujeres trans, intersex y no binarias del deporte trae consigo una idea peligrosa: regularnos por la biología y lo dicotómico, omitiendo la diversidad del paisaje social.

Fuente (editada): PIKARA | Bárbara G. Vilariño | 15 ABR 2026

Voy directa al grano porque ya sabéis lo del Comité Olímpico Internacional (COI) y el veto a la participación de mujeres trans e intersex en categoría femenina; ¿de verdad que vamos a volver a consentir que argumentos biologicistas, dicotómicos y reduccionistas regulen la compleja realidad humana? ¿De verdad estamos de vuelta en el punto en el que una institución puede invocar la ciencia para ordenar los cuerpos y, con ello, tranquilizar a quienes necesitan que el mundo siga siendo comprensible en dos casillas nítidas? Porque ese es el gran problema de fondo: no estamos ante una simple decisión técnica sobre elegibilidad. Estamos ante un modelo de sociedad en miniatura.

Año 2026. El acceso a la información es casi gratuito a golpe de clic. Hemos visto avances sociales gracias al feminismo, a la mirada interseccional (recordemos cuando no se ajuntaba a las bolleras…) y nos ha dado tiempo a nadar contracorriente en las nuevas olas, pero esto de reivindicar como válido que solo hay dos sexos y que cada uno tiene unas habilidades físicas únicas e inherentes no lo vimos venir. Ni se sostiene en lo científico (hola, intersexualidad) ni en lo deportivo, como si todos los deportes fuesen una muestra de fuerza física y esta una característica únicamente masculina.

Si no nos ordenamos como sociedad por la biología, ¿por qué vamos a refrendar esto en el deporte, más cuando la representatividad de ese supuesto lastre para el desarrollo de las disciplinas femeninas, las mujeres trans, supone menos del 0,006 por ciento de atletas de elite? Se está rediseñando toda una arquitectura de exclusión para responder a una presencia mínima, casi fantasmal, pero muy útil como chivo expiatorio cultural.

El COI justifica el giro asegurando que existe consenso científico en que el sexo masculino confiere ventaja en todos los deportes y pruebas que dependan de fuerza, potencia o resistencia, y que por eso la categoría femenina debe definirse por el sexo asignado al nacer, pero hay algo profundamente tramposo en esta operación, y es convertir una cuestión llena de matices según disciplina, contexto, entrenamiento y trayectorias corporales en una doctrina cerrada y universal.

Lo curioso es el volantazo, porque el propio movimiento olímpico no decía esto hace tanto. En 2021, el COI publicó un marco sobre equidad, inclusión y no discriminación por identidad de género y variaciones sexuales, y dejó en manos de las federaciones la elaboración de criterios específicos, pasando la patata caliente y encontrándonos con discriminaciones en algunas disciplinas y en otras no, y según distintos países.

Y hay algo más inquietante todavía. Cuando el deporte dice que quiere proteger a las mujeres, demasiadas veces empieza por vigilarlas. Por medirlas. Por someterlas a prueba. Por decidir quién parece suficientemente mujer y quién no. No es casualidad que los controles de sexo, introducidos en 1967 y abandonados en 1999 por las serias reservas de la comunidad científica sobre su pertinencia, regresen ahora envueltos en lenguaje de justicia, seguridad e integridad. ¿Están preparadas las defensoras del deporte binario para experimentar este test y tal vez llevarse una sorpresa que llamarían “error”?

Ahí están los precedentes que el deporte no termina de metabolizar: María José Martínez Patiño, expulsada y humillada por un test que después se reveló injusto; Caster Semenya, convertida en símbolo de una persecución sostenida sobre cuerpos que desbordan el molde; tantas atletas racializadas, musculadas, altas, con voz grave o con una apariencia que incomoda a los guardianes de la normalidad obligadas a demostrar que son quienes dicen ser. El problema de estas políticas nunca se limita a las personas directamente expulsadas. El problema es el régimen de sospecha que se extiende sobre todas. Y especialmente sobre aquellas mujeres que ya estaban más expuestas al escrutinio: las pobres, las negras, las del sur global, las que no performan feminidad de una manera tranquilizadora para el llamado occidente.

Lo más llamativo es que, mientras se presenta esta decisión como una obviedad científica, la literatura disponible sigue lejos de ofrecer el cierre rotundo que el COI pretende. Una revisión sistemática con metaanálisis publicada este año en British Journal of Sports Medicine concluyó que, aunque las mujeres trans podían presentar mayor masa magra que las cis en algunos análisis, su aptitud física era comparable; además, los propios autores advertían de la baja calidad y heterogeneidad de parte de la evidencia y de la escasez de datos realmente centrados en deporte de élite. Eso no liquida el debate, pero sí desautoriza la seguridad arrogante con la que tantas voces hablan de la biología como si no fuese un campo lleno de incertidumbres, excepciones y contextos. Y, ante la duda, en lugar de seguir investigando, se prohíbe.

Más de 80 grupos de derechos humanos y de defensa del deporte ya habían pedido al COI que abandonara estos planes antes de su aprobación, alertando de que suponían un retroceso para la equidad y que estas medidas dañan a mujeres y niñas en general, no solo a las personas trans e intersex. Francia, de hecho, ha criticado la medida como un paso atrás, precisamente por sus implicaciones éticas, legales, médicas y por su visión reductora de la diversidad biológica.

En el fondo, la gran trampa de esta discusión es hacernos creer que el deporte solo se organiza por méritos limpios y categorías naturales. Mentira. El deporte convive a diario con ventajas biológicas y sociales desigualmente repartidas: altura, envergadura, capacidad pulmonar, recursos, nutrición, acceso a entrenadores, tecnología, descanso, contexto familiar, país de origen. Nunca hemos intentado eliminar todas esas ventajas. Solo se vuelve urgente intervenir cuando lo que está en juego no es el rendimiento, sino el orden del género.

Ya hace tiempo que varias voces críticas desde el deporte apuestan por repensar la forma en la que lo organizamos, especialmente en la base, que todavía no está tan atravesado por las lógicas capitalistas y heteronormativas que debería ser un auténtico derecho para todo el mundo. “No podemos tener un solo modelo deportivo para todo el mundo: habrá quien esté a gusto en un marco binario, o alguien querrá una liga mixta porque está socializada en un modelo diferente. Lo que no debería admitirse es que solo exista un modelo donde quede gente fuera”, explica en nuestro monográfico sobre Deporte Cristina López, profesora de la Universidade da Coruña e investigadora en perspectiva feminista en Ciencias del Deporte.

Eso es lo verdaderamente peligroso de esta decisión del COI. No solo expulsa. También enseña. Enseña que la diversidad es tolerable mientras no incomode. Enseña que la feminidad válida puede certificarse en un laboratorio. Enseña que, cuando la realidad se vuelve compleja, siempre habrá instituciones dispuestas a resolverla a golpe de frontera. Y enseña, sobre todo, que el deporte sigue siendo uno de los escenarios preferidos para disciplinar los cuerpos.